La reforma de las universidades tecnológicas. ¿Un ciclo cerrado?
Pedro Flores Crespo
El 27 de mayo se anunció la "primera gran reforma" de las universidades tecnológicas (UT) ante el secretario de
Educación Pública. Después de 18 años de funcionamiento, este modelo de educación superior de corta duración y
vocacional empezará a experimentar profundos cambios, ya que en 45 de las 66 UT del país habrá, a partir de
septiembre, posibilidades de estudiar no sólo el nivel de Técnico Superior Universitario, sino también el de
licenciatura o ingeniería.
Este cambio del perfil de las UT no es una cosa simple dentro de la política pública del país, pues refiere a formas
particulares de actuar de la autoridad educativa y de la sociedad. Quisiera comentar al menos tres puntos que
resaltan la importancia de poner atención pública a esta reforma universitaria.
El primero, con esta "gran reforma", la autoridad educativa se resarce de un error cometido en 1991, cuando al
iniciar sus operaciones esta opción universitaria, se canceló la continuidad de estudios debido a que un alto
funcionario del sector tecnológico del país protestó, pues vio la creación y consolidación de las UT como una
amenaza para los entonces existentes institutos tecnológicos. Es decir, por un incomprensible temor y una visión
totalmente patrimonialista de ese funcionario, el sistema de UT rehuyó a ofrecer licenciaturas e ingenierías, y esto
generó problemas tales como protestas aisladas de estudiantes, cancelación de aspiraciones de algunos jóvenes, y
desafortunadamente, poco interés de la sociedad hacia esta opción universitaria. Este desinterés de las familias y
de los jóvenes en una opción educativa que se presentaba como "terminal", explica, en cierto grado, la
imposibilidad de atraer a un mayor número de jóvenes a esta opción educativa.
Segundo, es muy importante que en el mensaje dado por el doctor Rodolfo Tuirán, subsecretario de Educación
Superior, el 27 de mayo, se reconozca que esa reforma responde a una aspiración de los jóvenes de las UT, que
en su mayoría (97.5 por ciento) muestran interés por continuar sus estudios, pero sólo un porcentaje muy bajo (11
por ciento) lo logra. Entonces, con este cambio del perfil de las UT, se busca "ampliar las opciones y
oportunidades" de los jóvenes residentes en ciudades pequeñas y medianas del país. Este reconocimiento es
importante y marca una diferencia a la racionalidad de planeación educativa utilizada en décadas anteriores, que
sugirió que, como México carecía de técnicos, habría que fomentar ese tipo de formación en aras de promover el
progreso económico. Esta racionalidad, basada en la eficiencia económica, concibe a los jóvenes como meros
acervos o stocks de personal, y por consiguiente, omite poner atención a lo que la gente valora y tiene razón de
valorar. La actual visión de los funcionarios educativos para acrecentar la pertinencia de la educación, aumentar la
participación de un mayor número de jóvenes en la educación tecnológica, y hacer más rentable el subsistema de
UT, parece mucho más acertada que la usada en los viejos tiempos.
Tercer punto, al ofrecer licenciaturas e ingenierías en las UT, se hace más tenue la línea que distingue a las UT de
las otras opciones de educación superior tecnológicas, como las universidades politécnicas y los institutos
tecnológicos. En regiones en donde existen estas tres opciones de educación superior, las familias y sus hogares
tendrán que realizar un mayor esfuerzo para informarse y decidir qué opción les conviene más. Esto podría resaltar,
por un lado, la necesidad de contar con un mejor marco de evaluación integral que no sólo incorpore la acreditación
de programas académicos o la certificación de los egresados como métrica de calidad universitaria. Si el enfoque
de la evaluación cambiara y nos concentráramos en aspectos sustanciales para la vida universitaria, las UT
tendrían que revisar su modelo académico pues, por investigaciones independientes y evaluaciones de expertos,
se sabe que es extremadamente profesionalizante. La elevada carga horaria de los programas académicos de las
UT deja fuera la posibilidad de formar integralmente a los jóvenes que enfrentan mayor desventaja social, cultural y
económica, y esto es un contrasentido para la equidad y el despliegue de habilidades de pensamiento, que son
necesarias para vivir en el complejo mundo de hoy.
Las UT están ante la posibilidad de seguir beneficiando a sus estudiantes si esa "gran reforma" profundiza los
innegables logros de las UT, pero también reconoce y enmienda los errores.