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Alejandro Canales
Instituto de Investigaciones Sobre la Universidad y la Educación de la UNAM En general, la academia y la política se advierten como ámbitos separados e irreconciliables entre sí. Desde la pedantería de la primera que fácilmente descalifica --aunque en ocasiones no sin razón-- la capacidad de los tomadores de decisión para comprender los resultados de la investigación, hasta la queja reiterada de los funcionarios por la ignorancia de los investigadores sobre los constreñimientos de la actuación política o por la ineficacia o parcialidad de los productos de la investigación. Y, sin embargo, las dificultades no se reducen a un problema de comunicación o entendimiento mutuo. El tema no es nuevo, mucho se ha reflexionado y debatido al respecto, pero tal parece que en el terreno de la educación poco a poco avanzamos en el esclarecimiento de cuáles son los factores clave para entender la relación entre funcionarios e investigadores educativos. A los análisis pioneros individuales realizados desde hace décadas, se le sumó a partir de los años ochenta, con el Primer Congreso de Investigación Educativa, el esfuerzo colegiado para realizar un balance periódico y sistemático de la investigación educativa, tarea que después continuó el Consejo Mexicano de Investigación Educativa. Sin embargo, hasta ahora no contábamos con un testimonio detallado y documentado de primera mano sobre la relación entre la política y la investigación educativa. La reciente publicación del libro de Pablo Latapí Sarre: Andante con brío. Memoria de mis interacciones con los secretarios de Educación (1963-2006), bajo el sello editorial del Fondo de Cultura Económica, avanza en esa dirección y sin duda será una referencia imprescindible no solamente para los estudiosos del campo sino para cualquiera que esté interesado en comprender la dinámica de interacción entre la política y la academia. Pablo Latapí, el investigador educativo más reconocido, formador de investigadores, creador de instituciones y una de las voces más lúcidas y autorizadas en el campo educativo, ponderando su cercanía con los secretarios de Educación Pública en los últimos 40 años, su larga experiencia como investigador y como crítico de la política educativa, ahora nos ofrece una reflexión muy personal sobre la posible influencia de los investigadores en la política educativa. El interés del autor, nos dice al comienzo de su libro, es contribuir a que se comprenda mejor la política educativa y su relación con la investigación. Para ello recurre a su propia experiencia, recupera testimonios y anécdotas de personas clave. Por supuesto, como el mismo autor lo advierte, no se trata propiamente de sus memorias sino de una reconstrucción selectiva de un componente. |