EMS y ES en el Tercer Informe (2/3)
La actual propuesta gubernamental, que sigue el lineamiento del PNE,
es la Coordinación General de Educación Media, incluida en
el reciente Reglamento Interior de la SEP (DOF, 20 de diciembre 2002).
Conforme a la norma, el nuevo organismo tendrá facultades para desarrollar
la política educativa del nivel, para organizar las relaciones entre
la SEP y otras instituciones, y para establecer la coordinación
que sea necesaria para el ejercicio de sus funciones con las unidades administrativas
de la Secretaría que operan planteles en donde se imparte educación
del tipo medio superior (Art. 16). Hasta ahora, la Coordinación
existe en el papel, por lo que es prematuro valorar su potencial (véase
Comunicado 94, 13 de febrero 2003).
Llama la atención que en lugar de crear una instancia ejecutiva,
por ejemplo una subsecretaría, la SEP haya optado por preservar
la estructura funcional que distribuye la responsabilidad del bachillerato
entre las subsecretarías de Educación Superior y de Educación
Tecnológica. La creación de coordinaciones, como se experimentó
en el rediseño de la administración pública federal
a principios del sexenio, ofrece pocas posibilidades porque enfrenta atribuciones
exclusivas de las instancias que pretende vincular. En realidad, la nueva
SEP ya perdió, en éste y otros terrenos, la oportunidad de
reconstruir su estructura burocrática, condición ineludible
para modificar el sistema de educación pública.
En educación superior los resultados contenidos en el Informe
son interesantes. En materia de ampliación de la cobertura se comunica
que en el ciclo escolar 2002-2003, se atendieron en las diferentes instituciones
de educación superior a más de 2.2 millones de estudiantes,
casi 90 mil alumnos más con respecto al periodo anterior, lo que
equivale a un incremento de 4.2 puntos porcentuales. Conviene desglosar
la cifra para interpretar su significado.
Del incremento total (89,716 estudiantes) sólo 61,296 corresponden
al sistema público. Si a ellos se restan las pérdidas de
la enseñanza normal (9,398 estudiantes menos en el año),
quedan 51,898 estudiantes, que equivalen al 58 por ciento del incremento
anual. Además, para apoyar la ampliación de la oferta de
las universidades estatales, la SEP dispuso un nuevo programa, con recursos
para proyectos de ampliación justificados. Mediante el programa,
en 2002 se craron 38 mil trescientas plazas de nuevo ingreso, cifra que,
sin restarle importancia, está lejos de resolver la presión
de la demanda social sobre las universidades públicas en los estados.
En la licenciatura, que concentra casi el 85 por ciento de la eduación
superior en México, las instituciones públicas aumentaron
su matrícula total 57,421 estudiantes, mientras que las privadas
lo hicieron con 43,708 estudiantes. Esta pauta reafirma que el sector privado
mantiene un mayor dinamismo en la oferta de estudios profesionales. En
efecto, mientras que el segmento público tuvo un crecimiento anual
de 4.6 por ciento, el segmento privado creció 7.6 por ciento. En
cambio, en el posgrado se nota una cierta reanimación de la oferta
pública, la cual registró un incremento de casi cinco puntos
porcentuales en el año contra 3.6% del segmento privado. No obstante,
la proporción de posgrados privados continúa siendo significativa,
superior al 40 por ciento de la matrícula total del nivel.
Según el Informe, para aumentar la matrícula pública
se crearon en el año 26 nuevas instituciones. De ellas, ocho universidades
tecnológicas, ocho institutos tecnológicos, tres universidades
politécnicas, y nueve universidades públicas. La nuevas universidades
públicas consignadas son: dos sedes de la Universidad del Mar (Huatulco
y Puerto Escondido), dos sedes de la Universidad del Itsmo (Ixtepec y Tehuantepec),
dos sedes de la Universidad del Papaloapan (Loma Bonita y Tuxtepec), la
Universidad de la Sierra Sur (Miahuatlán), la Universidad de Teotitlán
(Cañada Mazateca), todas ellas en Oaxaca. Además, la Universidad
de la Sierra en Sonora.
Es claro que prevalece, en la óptica del Estado, una visión
favorable a la educación tecnológica como medio para diversificar
la oferta profesional. Menos evidentes son las razones por las cuales el
gobierno federal está impulsando la creación de pequeñas
universidades públicas en algunos estados de la República.
Asimismo, en el panorama de la educación superior han aparecido
dos nuevas modalidades: las universidades politécnicas, ya en operación,
y las flamantes universidades interculturales bilingües, las primeras
dos iniciarán labores en 2003. Al tratarse de opciones nuevas, conviene
esperar sus primeros resultados para apreciar sus posibilidades y límites.
Desde los noventas la SEP ha construido un esquema de distribución
de recursos extraordinarios basado en la asignación de fondos a
las instituciones que formulen programas en aspectos como: formación
de recursos académicos, equipamiento, y programas de investigación
o docencia. Este modelo, complementario del subsidio, se ha reforzado en
la actual administración mediante el Programa Integral de Fortalecimiento
Institucional (PIFI), el cual induce a las instituciones a formular proyectos
de superación académica del profesorado, actualización
de contenidos, uso intensivo de tecnología, y adopción de
enfoques educativos centrados en el aprendizaje. Aún coincidiendo
con el espíritu del programa, no han sido pocas las voces que, desde
la academia, han hecho notar la tensión que implica sobre la autonomía
académica. Se aduce, desde el gobierno, que la participación
es voluntaria para las instituciones. Lo sería si el monto del subsidio
ordinario fuera suficiente para estar en condiciones de elegir; pero no
es el caso.