Los dilemas del Instituto Nacional de Evaluación Educativa (2/3)
No es trivial, además, la discusión sobre la estructura
de gobierno del nuevo organismo. Ya sea que la decisión final recaiga
a favor de una entidad autónoma, o bien que se opte por la figura
de un organismo vinculado a la SEP, seguramente será materia de
arduo debate la participación de representantes de los distintos
sectores interesados en la evaluación educativa. También
es muy previsible que la discusión se concentre sobre qué
hacer con los resultados de las evaluaciones. Es posible lograr un acuerdo
entre autoridades educativas, legisladores y profesores sobre la figura
jurídica del nuevo organismo. No obstante, la controversia jurídica
ha centrado en buena medida el debate actual y poco se ha discutido sobre
el importante tema de la evaluación educativa en general y sobre
el papel que podría cumplir el nuevo organismo.
Evaluación: ¿medio de control o instrumento de innovación?
Durante los últimos años del siglo xx, y de manera similar
a lo ocurrido en otras latitudes, el sistema educativo mexicano vio surgir
y desarrollarse una nueva cultura de evaluación, a través
de la cual se ha buscado examinar el desempeño de prácticamente
todos los elementos que intervienen en la educación: estudiantes,
profesores, programas e instituciones.
En lo relativo a educación básica, a mediados de los años
90 las evaluaciones basadas en la aplicación de pruebas estructuradas
a muestras nacionales de alumnos, usadas desde fines de los 70, se vieron
complementadas por otras, como las desarrolladas en el marco del programa
de carrera magisterial. En educación superior la última década
del siglo pasado vio surgir el Centro Nacional de Evaluación (Ceneval),
los Comités Interinstitucionales de Evaluación de la Educación
Superior (CIEES) o Comités de Pares, y un número creciente
de agencias acreditadoras. En los últimos días del sexenio
anterior, en noviembre de 2000, se creó un organismo cúpula,
que asegura la integración del conjunto anterior de organismos:
el Consejo para la Acreditación de la Educación Superior
(Copaes).
En continuidad con estos antecedentes, los lineamientos de política
educativa que preparó el equipo de la transición educativa
incluyeron la propuesta de crear el INEE. Por su parte, el PNE incluye
varios planteamientos relativos a evaluación. Uno de los más
sobresalientes es el relativo a la consolidación de un Sistema Nacional
de Evaluación Educativa, contemplando acciones precisas. De hecho,
formula como metas para este año: creación del INEE y de
otro organismo para evaluar la educación media superior, así
como establecer lineamientos para asegurar la calidad de las evaluaciones
mismas (p. 100). Otras acciones, en cambio, no precisan fechas ni plazos
para su realización. Por ejemplo, la evaluación de programas
educativos del nivel superior, el fomento a la creación de organismos
independientes para la acreditación o la consolidación de
los organismos que ya desempeñan funciones de evaluación,
como el Ceneval, los CIEES y el Copaes.
Otro planteamiento del PNE es el que se refiere al desarrollo del Sistema
Nacional de Indicadores Educativos, el que se pretende rediseñar,
concibiéndolo como un elemento que integrará los resultados
del aprendizaje de los alumnos, con la gestión de escuelas, el subsistema
y el sistema educativo, con el fin de que "haya disponibilidad permanente
de información relevante para la toma de decisiones en los diferentes
niveles de gestión de la educación" (p. 102). Tal sistema,
dice el PNE, en este año debería renovarse de manera conjunta
con las instancias de SEP y el nuevo INEE.
¿En qué medida los mecanismos de evaluación ya
experimentados han contribuido a mejorar el sistema educativo como tal?
Sobre esta cuestión no hay una respuesta única, sin embargo,
se coincide en señalar la necesidad de mejorar técnicamente
los procedimientos de evaluación, buscar que sean equitativos y
transparentes, así como favorecer los vínculos entre la evaluación
y la innovación educativa.
Resultados decepcionantes
El interés de amplios sectores de la opinión pública
mexicana por la evaluación educativa se vio estimulado, durante
los últimos meses de 2000, por la amplia difusión que dieron
los medios de comunicación a dos noticias:
Una, la relativa al tercer Estudio Internacional sobre Matemáticas
y Ciencias, realizado por la Asociación Internacional de Evaluación
Educativa, y el primero de su tipo en el que participó México.
Los resultados de los alumnos de nuestro país fueron considerablemente
inferiores a los de casi todos los demás, ubicándose en penúltimo
lugar, después de Colombia y sólo antes de Sudáfrica.
Al tener conocimiento de los resultados, en 1995, quienes estaban entonces
al frente de la SEP decidieron no autorizar su publicación; aunque
esto era conocido por los especialistas, la opinión pública
sólo se enteró en octubre de 2001, con gran escándalo.
La otra se refirió a los resultados de un estudio similar sobre
el nivel de dominio de la lectura, y en menor medida de las matemáticas
y las ciencias, difundido por la Organización para la Cooperación
y el Desarrollo Económico (OCDE) el 4 de diciembre de 2001. Nuevamente
los resultados de los mexicanos se situaron en penúltimo lugar,
muy por debajo de los demás países, con excepción
de Brasil.
La idea de que evaluar es importante para fundamentar los esfuerzos
por mejorar la calidad de la educación es difícilmente cuestionable,
por lo menos expresada de manera general. Las dificultades surgen cuando
se quiere dar respuesta precisa a preguntas como las relativas a quién
debe ser evaluado, en relación con cuáles aspectos, por quién,
cómo, a quién debe darse cuenta de los resultados, y para
qué. La última pregunta es, posiblemente, la más importante,
pues el propósito de la evaluación condiciona de manera fundamental
la respuesta que se dará a las demás.