Comentarios al PNE (3) (2/3)
La "Memoria de la Gestión 1995-2000" del CONAFE contiene algunos
datos que también permiten apreciar resultados insatisfactorios.
De acuerdo con la información, los estados de Oaxaca, Guerrero y
Chiapas (participantes en el PARE) y los estados de Yucatán, Michoacán,
Veracruz, Campeche y Quintana Roo (que fueron apoyados por una versión
modificada del PARE, conocida como PIARE) se mantuvieron en los primeros
lugares de repetición. Lo mismo se aprecia al examinar el comportamiento
de la eficiencia terminal y la deserción, lo que indica que el rendimiento
escolar se sigue correlacionando claramente con los niveles de desarrollo
de las entidades federativas y que, por tanto, la compensación fue
insuficiente para modificar los niveles de desigualdad imperantes.
Por su parte el PROGRESA, también destinado a combatir las desigualdades
educativas, es un programa que distribuye subsidios entre familias pobres
y busca evitar que los niños y jóvenes abandonen la escuela
antes de haber concluido los estudios correspondientes. La evidencia disponible
acerca de la efectividad del PROGRESA indica que, en cierta medida, ha
contribuido a impulsar la retención escolar, especialmente en las
escuelas secundarias. Sin embargo, es muy difícil que este efecto
haya beneficiado a los alumnos que pertenecen a los sectores sociales que
viven en condiciones de extrema pobreza, ya que los subsidios entregados
a las familias sólo están encaminados a mejorar la asistencia
escolar y la permanencia de los niños y jóvenes en los establecimientos
educativos, pero no se proponen elevar la calidad de la educación
que reciben los alumnos beneficiados (Véase Comunicado No. 51).
El problema es que si la educación que reciben los estudiantes
en condición de pobreza no es de la calidad necesaria, se genera
lo que los investigadores conocemos como "síndrome del atraso escolar"
o "exclusión por inclusión". Este fenómeno interviene
en la decisión que toman los alumnos (o sus familias) para abandonar
prematuramente las escuelas, cuando perciben que su aprovechamiento escolar
es inferior al que en promedio obtienen sus condiscípulos, y se
convencen de que carecen de las habilidades necesarias para mejorarlo.
Por tanto, las becas del PROGRESA pueden incrementar la matrícula
escolar, pero no combaten el fenómeno aludido, el cual, desafortunadamente,
incide con mayor intensidad entre los estudiantes más pobres. Además,
el PROGRESA sólo destina recursos a las familias que viven en localidades
que tienen a su alcance algún establecimiento escolar y un
centro de salud, pero no beneficia a las familias en las localidades más
marginadas que, por definición, no tienen acceso a los servicios
mencionados.
Continuidad y compromisos del PNE
En el PNE hay una clara línea de continuidad en torno a la estrategia
de compensación. En primer lugar, se retoman las políticas
indicadas en la LGE para lograr una mayor equidad en la distribución
de las oportunidades de educación básica. Estas políticas
consisten, en esencia, en aplicar criterios de discriminación positiva
al asignar los recursos educativos: dedicar atención preferente
a las escuelas que ofrecen el servicio a los niños de familias en
desventaja económica, y diversificar la oferta educativa para satisfacer
diferencialmente las necesidades de las "poblaciones vulnerables", es decir
aquellas que no pueden ser adecuadamente atendidas en el sistema educativo
convencional. A estas estrategias, el PNE agrega la de articular y fortalecer
los programas de becas.
Entre los compromisos que la SEP asume en el PNE se encuentran el de
reorientar el PAREIB (que es otra versión del PARE) y el PROGRESA
para que, en el año 2004, efectivamente se compensen las diferencias
existentes entre las oportunidades educativas de la población nacional
(cursivas nuestras). La SEP también se compromete a "promover esquemas
de asignación y ejercicio de recursos públicos orientados
a la búsqueda de la justicia y equidad en la educación" y
a "diseñar, a partir de 2001, un modelo educativo experimental para
las escuelas multigrado" que se habrá generalizado hacia fines del
sexenio.
Los compromisos arriba mencionados son congruentes con las conclusiones
de los escasos estudios que han evaluado el funcionamiento y la efectividad
de los programas compensatorios. Sin embargo, su cumplimiento exige realizar
en breve un conjunto de acciones de gran envergadura y desarrollar procesos
políticos sumamente complejos. Por ejemplo, para reorientar los
programas compensatorios, la SEP deberá realizar investigaciones
sobre los aspectos pedagógicos, administrativos y logísticos
de los programas que no han sido evaluados. Sólo así le será
posible detectar sus fortalezas y debilidades, y encontrar vías
que conduzcan efectivamente a mejorarlos.
Por otro lado, en cuanto la SEP haya diseñado el nuevo modelo
educativo para las escuelas multigrado, esa Secretaría no sólo
deberá contar con la colaboración administrativa de las autoridades
educativas de los estados, sino también tendrá que diseñar
y llevar a la práctica esquemas que aseguren la participación
de equipos locales en los aspectos de índole estrictamente pedagógica
del nuevo modelo. Sólo así podrá evitar que la eficacia
del mismo se reduzca en la medida en que su escala de implantación
vaya creciendo. El reclutamiento, capacitación y remuneración
de esos equipos planteará, sin duda, enormes retos de índole
administrativa y, sobre todo, financiera.
Uno de los principales obstáculos que se han interpuesto a la
efectividad de los programas compensatorios es que son operados por personas
que carecen de formación profesional, o por docentes que no siempre
son compensados por alargar sus jornadas de trabajo. Cualquier cambio que
exija sustituir a ese personal por otro más calificado o incrementar
las remuneraciones de los maestros tendría, como lo señalado
en el párrafo anterior, claras implicaciones en los costos de operación
de los programas.
Para poder asignar recursos a las familias que viven en las localidades
que no tienen acceso a servicios educativos ni de salud, y para asegurar
una eficaz complementariedad entre los programas que actualmente sólo
se dirigen a las familias o a las escuelas, será necesario diseñar
nuevos mecanismos de distribución de los subsidios y de cooperación
intersecretarial; lo cual no sólo tiene implicaciones administrativas,
sino también -y fundamentalmente- políticas.