El gasto en educación superior y el conflicto de la UNAM (2/3)
En el sexenio el número de estudiantes de licenciatura y posgrado
en instituciones públicas (sin contar Normales) observó alguna
expansión, al pasar de 978,220 estudiantes en 1994 a 1,143,687 en
1999, o sea 16.9% más. Al dividir el gasto ejercido real (pesos
de 1993) entre una base mayor de estudiantes, toca menos a cada uno: $8,784
en 1994 contra $6,309 en 1999. Aún no hay datos consolidados sobre
matrícula escolar del 2000 pero es previsible alguna recuperación
en virtud del importante incremento presupuestal al sector. Considérese
además que en el periodo se crearon casi 75 nuevas instituciones
tecnológicas superiores (entre universidades tecnológicas
e institutos). Obviamente, al repartir el presupuesto entre el número
total de establecimientos también toca menos a cada uno.
En síntesis, el gasto federal en educación superior decreció,
independientemente de cómo se mida: en pesos constantes, como proporción
del PIB, como proporción del gasto federal educativo total, como
gasto por alumno o como gasto por institución. Visto el periodo
en conjunto, la educación superior no fue una prioridad financiera
del gobierno.
Cabe añadir que tanto en el sexenio de Carlos Salinas como en
éste, la política de distribución de los recursos
a las universidades combinó el subsidio con programas adicionales
de financiamiento competitivos (PROMEP, FOMES, PACIME y SNI, entre otros).
Desde 1991 el Consejo Nacional para la Planeación de la Educación
Superior estableció como línea de acción prioritaria
la "diversificación de fuentes de financiamiento" (
Prioridades
y Compromisos para la Educación Superior en México, 1991-1994),
este lineamiento se recogió posteriormente en el
Programa de
Desarrollo Educativo 1995-2000 de la Presidencia de la República.
En 1996 se publicó el informe solicitado por el gobierno mexicano
a la OCDE, en el cual, entre otras recomendaciones, se propone "encarar
un aumento de la contribución de los estudiantes al costo de sus
estudios". Así, reestructuración del modelo de subsidio a
las universidades públicas; diversificación de fuentes de
financiamiento y recuperación del costo educativo a través
de cuotas de inscripción y matrícula fueron, en definitiva,
componentes de las políticas de financiamiento a la educación
superior de los últimos dos sexenios, aunque acrecentadas en el
último.
Tanto la prioridad asignada a la educación básica como
las políticas de fortalecimiento de la educación tecnológica
tuvieron su razón de ser, como también hay argumentos que
justifican las estrategias de diversificación del financiamiento
de la educación superior pública y las cuotas. Lo que es
criticable es que ahora pretenda el gobierno deslindarse de esas políticas
y que, en cambio, afirme haber dado un "gran respaldo" a las universidades
públicas. La siguiente gráfica es muy clara para visulizar
las tendencias que hemos anotado. Pero hay más.
La coyuntura 1998-1999 y la UNAM
A finales de 1998 el Poder Ejecutivo hizo llegar al Legislativo su iniciativa
de egresos para 1999; en ella se contemplaba una reducción de 8%
a las partidas de educación superior e investigación científica
y tecnológica. La medida, se recordará, se aunaba a los tristemente
célebres "recortes" que la Secretaría de Hacienda prescribió
al gasto federal de 1998.
Al conocerse la propuesta la reacción de la comunidad académica
del país fue pronta y airada. En la inminencia del debate sobre
el presupuesto 1999 en la Cámara de Diputados, tanto la UNAM como
la ANUIES publicaron sendos pronunciamientos (el 18 y 26 de noviembre de
1998, respectivamente) contra la disminución anunciada. La propia
Comisión de Ciencia y Tecnología de la Cámara de Diputados
estableció un Punto de Acuerdo en que se manifestó inconforme
con la medida y dispuesta a formular una propuesta de reasignación
presupuestal (diciembre 1, 1998). Incluso el subsecretario de egresos de
la Secretaría de Hacienda reconoció que: "El presupuesto
de las universidades es una tristeza, en el sentido de que no hayamos podido
tener suficientes recursos de gasto para que el componente de inversión
pudiese tener un crecimiento" (Reforma diciembre 2, 1998).
En la coyuntura, el rector de la UNAM, doctor Francisco Barnés,
compareció ante la Cámara de Diputados para señalar:
"En una primera estimación, se puede concluir que, después
de cubrir los compromisos ya adquiridos y los servicios generales imprescindibles,
la Universidad dispondría en el año de 1999 solamente de
200 millones de pesos para su operación y gasto corriente, es decir,
para adquirir los insumos y servicios básicos que requieren las
entidades académicas para apoyar los programas sustantivos de la
Institución, frente a los 611 millones con los que contó
en 1998 (expresados en pesos de 1999), lo que significa una reducción
del 67%. La reducción es aún más dramática
si se incluyen las partidas de inversión. Esta reducción
tiene serias consecuencias para los programas docentes y de investigación
de la Universidad." (Gaceta UNAM, diciembre 3, 1998).