La investigación educativa en México (2/4)
Los investigadores que impulsaron esas instituciones no fueron más de veinte, dedicados profesionalmente y de tiempo completo a la investigación educativa e inscritos en el ámbito académico, claramente separados del espacio gubernamental.
En los años setenta la investigación educativa, más institucionalizada y profesional, se constituye en un mercado de trabajo significativo para los académicos y en un referente para la educación pública nacional al adquirir reconocimiento y estatus entre la comunidad académica. A fines de los ochenta y durante los noventa se conformaron distintos grupos de investigación con perspectivas de análisis enfocadas a áreas especializadas de la educación, que en muchos casos generaron espacios formativos en los posgrados de varias instituciones de educación superior, públicas y privadas, y contribuyeron al contenido de diversas revistas, por ejemplo, Universidad Futura, editada por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), el Cinvestav y la UNAM. Actualmente, el número de investigadores dedicados al estudio de lo educativo ha tenido un crecimiento relativamente elevado, aunque sigue siendo muy escaso, en particular si se contrasta con la magnitud del sistema educativo y con los problemas que presenta.
El Comie agrupa en la actualidad a 296 investigadores de la educación, reconocidos como socios en función de su productividad científica, de los cuales una tercera parte pertenece también al Sistema Nacional de Investigadores (SNI). En 2006, el SNI reconocía a 2169 investigadores vigentes en el área de Humanidades y Ciencias de la Conducta, entre los que se encuentran los dedicados exclusivamente al estudio de la educación (225 aproximadamente), a los cuales habría que sumar aquellos investigadores nacionales ubicados en otras disciplinas relacionadas con el tema: historia, psicología, lingüística, sociología, economía y política (éstos eran en 2003 alrededor de 120).
Se puede calcular que si se suma a estos investigadores el número de profesores de tiempo completo de las Escuelas y Facultades universitarias orientadas a la educación o a la pedagogía, de la UPN y de sus más de ochenta unidades en todo el país y de las propias Escuelas Normales, o a los integrantes de los grupos técnicos de las oficinas gubernamentales federales y ahora estatales, así como a los estudiantes de posgrado, se alcance la cifra aproximada de 2000 profesionales del área educativa, que como lo demuestra el número de ponencias presentadas en este Congreso y en los anteriores posiblemente estén generando conocimiento original sobre lo educativo más allá de la docencia y la intervención en programas educativos o didácticos. Sin embargo, el conocimiento que generan todas estas personas no necesariamente se somete a los rigores del método científico, o incluso no se registra y se sistematiza debidamente para facilitar su análisis, su valoración por los pares, y su transferencia o difusión a otros grupos que puedan hacer uso de él, por lo que difícilmente se lo considera como investigación. Efectivamente, mucho de este conocimiento se traduce más bien en proyectos, programas, propuestas, reportes o evaluaciones.
Resulta paradójico que un sistema educativo cuya magnitud alcanza la cifra de 33 millones de estudiantes a esta cifra habría que agregar la de los jóvenes y adultos que no concluyeron la educación básica y cerca de dos millones de profesores cuente con un número tan reducido de investigadores de tiempo completo y exclusivo. Un cálculo aproximado si sólo se toman en cuenta a los poco más de 400 investigadores reconocidos como tales por el Comie y el SNI frente al número total de estudiantes inscritos y al número de profesores nos daría una proporción de un investigador por cada 82 mil 500 estudiantes y uno por cada 5 mil profesores.
Aunque esta proporción no está muy lejana a la de los investigadores de otros campos de estudio como la salud, la energía, o la economía, por ejemplo, sorprende que en el SNI los físicos y los biólogos representen, en conjunto, el 20 por ciento del total de los investigadores nacionales, mientras que los investigadores del campo de la educación representen apenas el 1.8 por ciento del total (con datos de 2006). Es decir, el sistema educativo, que es el sistema por excelencia para la creación, transmisión y procesamiento del conocimiento, no cuenta con una masa crítica adecuada a su magnitud.
Sin duda un factor causal del reducido número de investigadores en educación es la ausencia de una política pública de apoyo a la investigación educativa.