¿Cómo aprenden los maestros? (5/8)
3.2 Los ambientes de aprendizaje de los maestros en servicio
¿Cómo, dónde y en qué condiciones puede
aprender el maestro en servicio? La investigación internacional
contemporánea coincide plenamente con los estados del arte latinoamericanos
sobre este asunto (Torres, 1996); la gran conclusión es que los
maestros aprenden principalmente en su práctica diaria, sea porque
tienen la capacidad de ir ajustando su enseñanza a las exigencias
de la clase, sea porque comparan su práctica con un modelo que han
interiorizado y hacia el cual tienden conscientemente. Pero estos procesos
nunca se dan en el aislamiento, sino se generan en la interacción
con otros maestros. El supervisor debiera jugar aquí un papel destacado
-así sucede en otros países- pero en su defecto algún
maestro asume una función informal de liderazgo o asesoría,
o bien el grupo de docentes aporta sus observaciones, comentarios y juicios,
a partir de los cuales se aprende.
Los cursos de actualización y los programas formales de superación
académica aportan también si en ellos se presentan y discuten
experiencias significativas por maestros que las han realizado; de lo contrario
esos cursos sólo dejan un conocimiento libresco, alejado de las
necesidades de la práctica e inclusive inducen al maestro a apartarse
de su profesión y a contemplar la posibilidad de desarrollarse más
como académico o de buscar una profesión diferente.
Los maestros y maestras aprenden también fuera de su rol de maestros:
como padres o madres de familia, como entrenadores de deportes o colaboradores
en obras sociales de la comunidad.
La condición esencial para que el maestro aprenda es que tenga
disposición a aprender. Aprender implica hacernos vulnerables, suprimir
seguridades, asumir riesgos. Como en esta profesión lo nuevo tiene
que ser confrontado con la prueba del ácido del aula, ese riesgo
es muy real: inducir a los alumnos a pensar por sí mismos implica
aceptar que éstos van a descubrir cosas que el maestro ignora y
le harán preguntas para las cuales no tendrá respuesta.
Un libro reciente: ¿Cómo aprende la gente? (Bransford,
1999) del Consejo Nacional de Investigación de Estados Unidos (el
National Research Council), escrito por un comité que analizó
durante dos años los últimos descubrimientos de las ciencias
del aprendizaje, dedica dos capítulos al aprendizaje de los maestros.
Su subtítulo -Cerebro, mente, experiencia y escuela- indica que
sus autores recogieron los hallazgos no sólo de la neurofisiología
y la psicología cognitiva, sino también de la práctica
escolar cotidiana, las ciencias sociales y la pedagogía.
Esta obra distingue tres ambientes, según que estén centrados
en el conocimiento, en la evaluación o en la comunidad. Los explico.
a) Ambientes centrados en el conocimiento
Estos son los que se generan por los cursos formales que los maestros
en servicio pueden tomar de la oferta de actualización. Sus oportunidades
son bastante limitadas, pues generalmente estos cursos se dirigen al docente
en general, prescindiendo de su edad, experiencia docente, actitud más
conservadora o innovadora y otras características. Si estos cursos
no son mediados por la discusión en grupo con los colegas (o al
menos por un grupo de discusión por internet), su eficacia será
bastante relativa para el mejoramiento de las capacidades del docente.
Inclusive los conocimientos pedagógicos obtenidos en estos cursos
resultarán demasiado abstractos y costará trabajo a cada
maestro aterrizarlos a su situación.
Otro problema surge de la elección de estos cursos por el maestro
no sólo porque puede estar guiada por razones equivocadas (que el
curso sea fácil o dé más puntos, o se acomode al
horario más cómodo, etc.) sino también porque el maestro
puede preferir cursos que implican sólo renovarse en lo superficial
y no en lo más sustantivo. Por ejemplo: preferir un curso de tecnologías
informáticas aplicadas a la enseñanza de la Física,
en vez de otro que implique revisar los conceptos fundamentales de esa
materia y desarrollar nuevos enfoques epistemológicos.
b) Ambientes centrados en la evaluación
Cuando interviene un elemento de evaluación (que suponemos formativa,
no fiscalizadora), se genera un ambiente de aprendizaje diferente. La evaluación
puede provenir de un tutor respecto al maestro joven o de un grupo
de colegas, o de un programa de micro-enseñanza al que el maestro
se inscribe (la videograbación de la clase comentada después
por un asesor o por otros maestros amistosos). El ambiente de aprendizaje
que así surge tiene entonces características muy diferentes.
En estos ambientes, el maestro aprende conforme a pautas distintas del
anterior: de entrada acepta o solicita la evaluación y esto implica
que está en la actitud de recibir y de calibrar críticamente
la retroalimentación que se le va a ofrecer. La evaluación
se constituye además en un recurso de consulta sobre las dificultades
de la aplicación de la innovación, y se transforma en un
proceso de innovación asesorada.