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Educación en México ¿Gastar más o invertir mejor? (2/7)

Por su parte, el gasto que las familias dedican a la educación (útiles, transporte escolar, etc.) que era del 2% de sus gastos en 1977 ascendió al 10% en 2002, unas cinco veces más [4]. El gasto por alumno también creció 15 veces en ese tiempo, si bien partiendo de una base muy baja, y el salario magisterial, medido en número de veces el salario mínimo general vigente en ciudad de México,  más que se duplicó en la última década. México ocupa ahora más de 1.6 millones de maestros, el doble que en 1980.  Buena parte de estos indicadores permitieron que la matrícula del sistema escolarizado se incrementara de 21.5 millones de alumnos en 1980 a casi 32 millones en la actualidad.

En parte gracias a ese esfuerzo combinado, los indicadores tradicionales mejoraron en estas dos décadas. El promedio de escolaridad de la población de 15 años y más subió de 4.6 a 8 años, el analfabetismo bajó de 17% a 8.3%, y la eficiencia terminal aumentó en primaria al 90.6% y en secundaria al 80.3%. La deserción y reprobación en primaria también disminuyeron considerablemente: a 1.3 y 4.8 % respectivamente, o sea, tres y dos veces menos que hace diez años. En secundaria también se redujeron tales indicadores aunque  más ligeramente [5].

La revisión rápida de estos datos arroja, sin duda, buenas noticias. Parecerían mostrar que el esfuerzo educativo mexicano de las décadas recientes ha dado resultados importantes sobre todo en el aspecto cuantitativo, lo cuál no es nada despreciable sobre todo si se considera la transición demográfica que el país ha vivido en ese período.

3. Los contrastes en la calidad educativa, el crecimiento y la productividad

Sin embargo, aun cuando tales datos son relevantes, cuando se examinan a la luz de  las mediciones educativas internacionales, por ejemplo los estudios PISA y Education at a Glance 2004, de la OCDE, o bien cuando se contrastan con los niveles de crecimiento del producto, el ingreso de las personas, la productividad laboral y, en general, la  competitividad de México [6], no se encuentran evidencias de que la mayor aplicación de recursos a la educación hayan tenido una incidencia significativa sobre estas variables económicas .

En contra de ese argumento podría decirse que las reformas educativas o la inversión creciente arrojan resultados solo hasta después de cierto tiempo, quizá una generación o dos. El razonamiento sería válido si advirtiéramos mejoría en los indicadores de calidad, pero éstos se han mantenido constantes mientras el nivel de gasto, en cambio, aumenta consistentemente.     Visto así, el sentido común induce a formular entonces una pregunta muy simple: ¿por qué si el gobierno y los particulares están gastando más en educación, los resultados son tan deficientes?

En conjunto, el problema desde luego es muy complejo como para entenderlo solo a partir del gasto;  incluye otros factores como la preparación de los maestros, la cuestión de los contenidos,  planes y programas, los modelos educativos, los temas de equidad y calidad, y otras variables más del proceso educativo. Por lo tanto, decir que la ausencia de resultados es solo consecuencia de un ejercicio ineficiente del gasto educativo sería simplificar las cosas; pero negar que, en toda política pública, el manejo eficaz del gasto es un instrumento central, sería subestimar la importancia estratégica que puede tener para mejorar en este caso la educación [7].

El pensamiento convencional en México es decir, la demagogia o la ignorancia de legisladores, políticos, funcionarios educativos y universitarios, periodistas y líderes sindicales- dice que a mayor gasto, mejor educación, y la discusión tiende a centrarse solo en ese punto. Pero  el problema es más sofisticado.

En 1994, México gastaba en educación, como proporción del PIB, 5.4%, una cifra muy cercana al promedio de los países de la OCDE, que era entonces de 5.9%, y más o menos lo mismo que gastaba Irlanda (5.6%) o Chile (5.7%). Pero al revisar los datos como gasto por alumno, México estaba, como consecuencia del alto crecimiento demográfico, muy por abajo. Mientras México gastaba menos de 5 mil dólares anuales por alumno de educación superior, el promedio de la OCDE era de 8, 134 dólares, Chile invertía  8,436 y Corea 5, 203. Diez años después, el gasto educativo mexicano había subido a 7.1 % del PIB, uno de los más altos entre los países de la OCDE. En principio, se supone que es un buen nivel de gasto y que, teóricamente, debiera arrojar buenos resultados.

Pero cuando se comparan los datos de lo que se gasta contra los resultados de las evaluaciones internacionales, las cosas se vuelven particularmente críticas. A pesar de que nuestro nivel de gasto es comparable al de Corea, Irlanda o la República Checa, los resultados alcanzados por los estudiantes mexicanos es tremendamente bajo. En un estudio reciente de la OCDE entre  31 países, México ocupó el lugar número 30 en comprensión de la escritura, en matemáticas y en ciencias. En cambio, Irlanda alcanzó el sitio número 5, Corea el 6 y la República Checa el 19 [8].

Ahora bien, si revisamos otros indicadores como crecimiento, ingresos o productividad-, las cosas no cambian demasiado.

Aunque existe una intensa discusión acerca de qué tan fuerte es la relación entre educación y crecimiento como lo mostró Lester Thurow en 1970 [9] y más recientemente Alison Wolf [10]- y aceptando que no tengamos evidencia empírica concluyente y generalizable, algunos economistas piensan que en ciertos segmentos y para grupos específicos (por ejemplo, la educación básica, o la intermedia de los hombres), sí hay una conexión causal entre esas variables [11].