Desafortunadamente hay poco esfuerzo real en nuestro país para detonar ese potencial de nuestros jóvenes como hombres exitosos de negocios; hay más bien un discurso perverso seudo social, que desde la familia, la religión, el sistema educativo e incluso desde los medios de comunicación, alienta en la mente de la gente la idea de que ser exitoso en los negocios y lograr una fortuna boyante, es y será siempre resultado de contubernio con el gobierno, de malas costumbres o de tratos perversos con el bajo mundo.
No hay mejor ejemplo de esta visión maniquea que el libro recientemente publicado con el título de Los amos de México, en el cual se pasa tijera a once de los más importantes hombres de negocios del país, y en donde se minimiza la cantidad de empleos que generan estos empresarios, y se pondera un maquiavelismo de intrigas que los hace ver como hombres perversos.
Cuando de formación de capital emprendedor se trata, nuestro sistema educativo tiene una escasa capacidad de respuesta. Salvo en algunos círculos de elite, en general el sistema programa en el chip de los alumnos cadenas completas de mensajes negativos sobre la figura empresarial y la riqueza. La actividad empresarial y la visión mercantil son mostradas a los educandos como sinónimos de explotación y prácticas turbias.
En su nivel básico, el sistema educativo se encarga de inhibir cualquier indicio genético de emprendedor. Siempre recuerdo la vez que mi sobrino fue regresado a su casa y suspendido por querer vender a sus amigos algunos juguetes que el ya no consideraba útiles. En los niveles medio y superiores el sistema proporciona habilidades que el sistema productivo requirió hace 20 años, pero no ahora que las tecnologías de la información y la comunicación aplanan las estructuras ejecutivas y administrativas de las empresas y que la mediana racionalidad del gasto público, reduce los puestos burocráticos al límite mínimo para ocupar a los primogénitos de la casta política en turno.
Mientras sigamos permitiendo que la educación superior concentre el 75% de la matrícula en carrera de alta saturación laboral, no tendremos en nuestras instituciones educativas otra cosa que fábricas de desempleados.
Desde el invento de la red de pesca hasta la lectura del genoma humano, las nuevas tecnologías han vuelto siempre más eficientes a los trabajadores, provocando un desempleo estructural momentáneo. Con el tiempo, sin embargo, los trabajadores desplazados terminan produciendo nuevos bienes o servicios, que se agregan a la riqueza de toda la sociedad. Mediante un proceso de destrucción creativa, mueren y nacen actividades productivas enteras, se crean y destruyen empleos. Lo único nuevo hoy, es la velocidad con la cual está ocurriendo este proceso. Cambios que solían llevarse a cabo en milenios o siglos, ahora toman sólo años o meses. Salir adelante implica flexibilidad para adaptarnos a los cambios y no sentarnos a esperar al que se llevó el queso.
Una predicción publicada por el departamento de trabajo de los Estados Unidos señala que de los treinta puestos de trabajo en los que la oferta de empleo crecerá de aquí al 2012 cinco estarán relacionados con la salud y cuatro con la educación y otros muchos más en las áreas del conocimiento. Es aquí donde están las oportunidades de negocios.
Si queremos evitar que en México el tan anunciado, por el Presidente Felipe Calderón, Bono Demográfico se convierta en una verdadera bomba demográfica, tendremos que invertir fuertemente en la generación de capital emprendedor; tenemos que formar a cientos y cientos de jóvenes de negocios, visionarios, capaces de reorientar recursos de actividades tradicionales de baja rentabilidad, hacia sectores innovadores de altos rendimientos y capacidad para generar nuevos y numerosos empleos.
Los que saben de eso de hacer dinero, dicen que el dinero nunca será una limitación para los negocios. Lo que hace falta es que un negocio sea un buen negocios para que sobren ofertas de financiamiento. Y para que esto suceda lo que falta es el emprendedor, el hombre con visión de negocio que tiene la sensibilidad para detectarlo y la habilidad y tenacidad para convertir la oportunidad en rentabilidad.
Debemos entender, como no lo han entendido los bien formados tecnócratas de la Secretaría de Economía, que en su gran mayoría los fracasos en los negocios no están en la falta de recursos, en la inadecuada planeación, en la mala fortuna o en la falta de experiencia. Están en la carencia de una cultura mercantil para hacer negocios. Una cultura que difícilmente obtendremos en cualquiera de las mejores universidades del país, una cultura que algunos pueblos transmitían a sus hijos a través de canciones de cuna como la siguiente: Duérmete niño, duerme ya, compra barato, vende caro: haz dinero... Duérmete niño, duérmete ya, compra barato, vende caro: haz dinero.. etc.