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LA RIQUEZA DE LA NACIÓN: CAPITAL EMPRENDEDOR 

Jorge Joaquín Cabrera 

jjcabrera1@yahoo.com.mx

Conforme más le doy vueltas, más me convenzo que la verdadera fuente de nuestra riqueza, no está en el petróleo o nuestros recursos turísticos; ni siquiera en las voluminosas remesas que nuestros conacionales envían desde el otro lado del Río Bravo. La riqueza de nuestra nación está en los jóvenes y nuestra capacidad para hacer de ellos el capital emprendedor que requiere el país, para formar desde hoy a toda una generación de hombres y mujeres que conviertan los recursos y fortalezas en  fuentes sustentables de empleos.

Por más que le pese a los denostadores del éxito empresarial, la fuente de la riqueza de toda nación siempre se encontrará  en la capacidad para detonar, alentar y formar a jóvenes con espíritu de éxito, jóvenes con imaginación para transformar problemas en oportunidades de negocio y en novedosas organizaciones generadoras de empleo; jóvenes con visión, imaginación y tenacidad, con madera de emprendedores, que no los detenga la burocracia gubernamental o los desorienten los minúsculos y efímeros paradigmas mediáticos.

Y cuanto más jóvenes los iniciemos en esta formación, mejor, porque alguien que inicia sus intentos de hacer negocios a los 18 años dispone de una ventaja de 5 o 6 años respecto a un universitario que inicia un negocio ante la dificultad de encontrar el empleo esperado, o una ventaja de muchos años más respecto al despedido después de décadas de depender de un patrón.  

Como señala Olded Shenkar en su reciente libro de Chinese Century, China es hoy un milagro económico, no por su bajísimo precio de mano de obra, sino por su ejército de hombres de negocios experimentados. Quien quiera que haya negociado con un chino sabe de lo que estamos hablando.

Conceptos comunes en la jerga del lenguaje económico son los de capital financiero, capital físico, el capital humano y capital intelectual, entendido como tecnologías, metodologías y procesos que hacen posible el funcionamiento de las organizaciones. Francis Fukuyama, en su libro Confianza, recientemente nos llamó la atención sobre la importancias de otra categoría más, el Capital Social, definiéndolo como el valor colectivo de las comunidades y las corrientes que surgen de estos grupos para apoyarse mutuamente. 

Pocos han reflexionado, sin embargo, sobre la importancia del capital emprendedor, que no es otra cosa que la capacidad humana para enfrentar la incertidumbre y convertir los problemas en oportunidades de negocios y generación de empleos. Una capacidad alimentada de valores y actitudes proclives a la innovación y a la concreción de logros. Y  aunque todavía no hay un distinguido académico extranjero que se haya preocupado por esta categoría de capital, deberíamos darla por inaugurada a partir de la publicación de este artículo.

Estoy convencido que en nuestro jóvenes existe un amplio stock de capital emprendedor, escasea en las universidades, escuelas de negocios, en los grandes centros financieros e incluso en las incubadoras promovidas por la secretaría de economía, dónde se piensa que con apoyar la elaboración de un plan de negocios ya se hizo patria, pero abunda en las calles y en los miles de jóvenes que se arriesgan para buscar una mejor vida fuera del país. Sólo echar una mirada a los cruceros de las grandes ciudades de nuestro país, para palpar el espíritu emprendedor de los mexicanos, que prácticamente sin recursos y contra todas las de la Ley,  construyen su propia fuente de ingreso, o a los crecientes negocios de mexicanos en el otro lado del Río Bravo, no solo en los Estados Unidos sino también en Canadá. Sin pretender que nuestro modelo de desarrollo sea el de la economía subterránea.