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Dura palabra (9/10)

Hace falta tener confianza en la verdad y en que el hombre es capaz de verdad. La verdad se le presenta al hombre pidiendo su asentimiento, incondicionalmente.  A su conciencia, se presenta como aquello a lo que tiene que obedecer.  Cuando la tiene frente a sí, el hombre es capaz de negarla. Pero cuando la descubre en lo más hondo de sí, es iluminado por ella. Necesita de una luz para poder verla. Luz que, diría San Agustín, es la enseñanza del maestro interior.  El hombre la busca, vive en la esperanza de alcanzarla.  La verdad se busca porque se la ama.

La verdad que buscamos rebasa todas las verdades pequeñas, parciales, es la verdad absoluta, que nunca poseemos, pero que se refleja en cada fragmento de verdad. De hecho no poseemos ninguna verdad. Es más bien la verdad la que nos posee (Zubiri). La verdad está en el hombre, y el hombre puede estar en la verdad. Que en el hombre no haya verdad, es una triste verdad (homo mendax), pero por ser capaz de amarla, puede salir del error y del engaño. La verdad absoluta rebasa nuestra intelección. Nos atrae poderosamente. La podemos amar, y afirmar. Y tanto más la amemos, tanto más podremos acercarnos a ella, o ella iluminar nuestro finito entendimiento. Ese amor, en cierto modo, purifica el juicio y nos hace dignos de la verdad. Por el amor a las verdades pequeñas, somos llevados a la verdad, sin más. Postrado, el hombre puede reconocerla. La verdad es lo que merece la total postración del hombre.  

¿Cuál es esa verdad? El hombre se hace digno de la verdad o indigno de ella. El hombre tiene que hacerse digno de ella, recibirla. La verdad educa al hombre, lo saca de sí, lo vuelca a lo que es. Cuanto más alto y sublime, más lo saca de sí (veritas semper maior, la verdad siempre mayor). Esto vale para todo tipo de verdades, las matemáticas, las astronómicas, las religiosas, las éticas. Al mismo tiempo, lo sumerge en lo más profundo de su ser, y lo educa, lo induce a sí, lo mueve a entrar hasta el fondo que ya no es él (más íntimo que mi misma intimidad). La verdad educa: revela al hombre lo que le devuelve su humanidad, lo que la restablece en los distintos ámbitos de su vida,  individual y colectiva.

5.  Algunas conclusiones

1. Cuanto más encarnada más es la verdad educadora del hombre. El hombre nace desde la verdad. Desde el seno materno, en el plasma germinal, en la célula madre, en la meiosis, la mitosis y todos los procesos por los que se constituye nuestro ser, que ya conocemos bastante bien, en lo que hay verdad. El hombre crece en la verdad, enraizado en ella, recibiéndola. La verdad del amor o del rechazo, la verdad que lo sostiene, se le da, se le entrega,  la verdad que lo alimenta (Mater educat, Magíster docet). Maternalmente, el hombre es educado por la verdad. Magistralmente, el hombre es instruido, preparado para la vida, para enfrentar la realidad, para ser, ser sí mismo, ser con otros, ser delante de otros y desde ellos, ser por ellos.  

2. Crecemos en la verdad, y sin ella, morimos de inanición, de sed, nos evadimos, buscamos refugio, pero siempre en verdades, por pequeñas que sean, por incompletas. Y nuestra fragilidad apenas se sostiene en ellas. Y nos descalabramos, maduramos, a golpe de verdades. Nos pueden mentir, engañar, podemos incluso intentar engañarnos nosotros mismos, pero siempre por miedo a verdades que nos sentimos ineptos de enfrentar, incapaces de contener. Hace falta confianza, ser educado en la confianza para poder aceptar la verdad y permanecer en ella. Hace falta aprender a desearla con todas las fuerzas, echar a andar, como ya lo había visto Plotino, el motor del deseo, que ya está operando desde las primeras preguntas, en las primeras palabras, en los primeros intercambios de miradas de la infancia. El hombre es capaz de verdad y se hace cada vez más, cuando se le educa a amarla, sin detenerse jamás. Busquemos como quienes ya han encontrado, encontremos como quienes todavía tienen que hallar, decía San Agustín.  

3. La verdad que nos educa nos pone ante la urgencia de la acción en correspondencia con ellas, y de permanecer en ella.  La verdad que educa suscita y conduce el deseo de saber, de discriminar entre los saberes aquellos que valen la pena, los que necesitamos, de los que estamos menesterosos. La verdad que nos educa nos muestra nuestra insuficiencia, nuestra menesterosidad, precisamente para que la verdad de cada cual sea compartida, conferida, hasta donde es posible, y purificada.

4. El hombre descubre permanentemente nuevas verdades que, a su vez, le plantean nuevos enigmas, lo lanzan a nuevos interrogantes, problemas. La inteligibilidad de lo real, a las cosas en su estructura inteligible.  Y así, se le plantea una y otra vez la pregunta inagotable sobre su propio ser, entre el pasmo y el desengaño, entre el asombro y la decepción. La comprensibilidad del mundo le plantea un enigma aún mayor. La de su propio ser, tanto más, como ser capaz de comprender y, al mismo tiempo, de ser rebasado por la comprensibilidad de los fenómenos, de los hechos que se explican por un orden racional, lógico. El hombre se descubre a sí mismo como cifra inteligible (como afirma Karl Jaspers), en demanda de comprensión, como abismo de preguntas y respuestas, como ser capaz de verdades que no es capaz de abarcar