La vida cotidiana nos ofrece día con día elementos que podemos integrar para vivir en la realidad, estando entre las cosas como más nos conviene a todos. Para estar en la verdad. La información, en sus múltiples formas, es bombardeo, agresión, intromisión en nuestro interior. La dejamos pasar, afectarnos, sin darnos cuenta, y seguimos en nuestra función, nuestra tarea, sin reparar en lo que podemos hacer desde lo que nos interpela, sin discriminar, sin apropiación, crítica, conciencia, adopción de actitudes, opciones.
Vivimos en un mundo convulsionado y nos negamos a aceptarlo. El mundo funciona de acuerdo con una lógica despiadada, y nos damos cuenta. Las decisiones de los gobernantes obedecen a intereses y dinámicas de poder que reconocemos o intuimos, y que, a lo más, logran suscitar en nosotros un malestar, que nos deja en la impotencia. El mundo está configurado por decisiones que nada tienen que ver con la racionalidad, la bondad y la responsabilidad. Pareciera que aceptamos vivir dentro de una cloaca dentro de la cual construimos islotes habitables, llenos de magia, diversión y evasiones.
El mundo de los medios, de las películas, del Internet es el pan cotidiano, a veces hasta el hartazgo, que alimenta a miles o millones de niños, jóvenes y adultos. Videos y películas de todos los temas, variaciones mitológicas sobre la sacralidad perdida en el mundo, que intenta ser sustituida por la magia; erotismo y sexo en discordia, en formas humanistas o perversas; conflictos históricos y mundiales en distintas versiones; lecturas de la realidad a los ojos de cineastas que se enriquecen de la necesidad de pasar el rato.
¿Ofrecen estos hechos el material educativo básico de las verdades que nos podrían educar? ¿No habría que hacer de la necesidad virtud, aceptar la realidad impuesta por los medios, el consumo voraz y encauzarlo desde la escuelas, y todo tipo de centros educativos para aprender a apreciar lo que vemos, a discernir su valor de verdad histórica, lo que nos enseña de la sociedad, para afinar nuestros criterios de bien y de mal, formar nuestra conciencia, descubrir lo que hay en el corazón del hombre, sus posibilidades y sus abismos? ¿no podemos encontrar estrategias de acción común, riesgos y posibilidades? ¿No demanda el momento histórico de una acción creativa, comprometida al máximo entre padres e hijos, por aprender juntos de todo cuanto se introduce en la mente y en los corazones de la humanidad, día con día, a velocidades de vértigo?¿Son el hombre y la mujer, en su grandeza inagotable, la preocupación de los educadores y los centros educativos? ¿Habrá que aceptar vivir en medio de la ambigüedad, de la hipocresía, del compromiso fácil, de la barbarie aceptada en mediocridad?
Vivimos en un mundo de energéticos escasos. Si no se adoptan medidas en 20 años, el panorama del futuro inmediato es catastrófico. Dejamos que esos sean augurios de radio, dejamos que sean unos cuantos grupos los que trabajan y hacen conciencia, mientras que parece que nuestro deber está al margen de las acciones colectivas que demanda la seriedad del momento histórico. El agua escasea y no nos escandaliza el dispendio propio ni el que hace el vecino.
Estas son verdades concretas. ¿Educan? ¿Importa la verdad? ¿nos interesa que se encarne en nosotros? ¿Qué se apodere de nosotros como convicciones? ¿Queremos correr por el camino del escepticismo, del cinismo, del fanatismo dogmático o el fanatismo de la duda? ¿Amor a la incertidumbre, al abismo o a las humildes verdades que encontramos, que nos salen al paso en los encuentros, en los diálogos, en las personas que son verdades porque transparentan el ser que son, la sed y el hambre que padecen? ¿Vivir más allá del bien y del mal, más acá o en la conciencia de que estamos expuestos al error, de que es condición humana aprender de ellos? ¿no es ese aprendizaje, aprehender verdad? ¿no nos educa nuestra condición asumida, amada, de-puesta en la verdad que nos sostiene?
Siempre que buscamos lo que es, lo que son las cosas, buscamos verdad. Buscarla y encontrarla nos hace hombres, mujeres, niños, ancianos, adultos, a cada cual a la medida de su búsqueda y del don de su encuentro. La verdad del hombre, es lo que lo hace hombre (Saint-Exupéry). Nuestra verdad es la gran necesidad que tenemos de salir de la tiniebla, por cuanto está en nuestro querer y en nuestras posibilidades. Y aceptar que también ella nos habita, puede corroernos, hacernos daño, o simplemente ser la contraluz de cuanto hay de verdad en nosotros, como capacidad de verdad, como ansia de luz, de revelación, de lo que es, simplemente