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Dura palabra (6/10)

Marcel se opuso al espíritu de abstracción, en el que veía el origen de muchas formas de violencia. No obstante, el filósofo francés tuvo presente la importancia de que el pensamiento guarde un carácter sistemático, en el sentido de restaurar lo concreto por encima de las determinaciones desunidas  y desarticuladas del pensamiento abstracto.

En el dominio de la metafísica el fin es el comienzo. La idea de una nueva zona del conocimiento, de algo totalmente inesperado o absolutamente nuevo, se aplica tal vez al terreno de los hechos, no a la verdad filosófica. En este terreno todo lo que podemos conocer  es ya en cierto modo conocido. No podemos llegar a ello si no partimos de una experiencia que ya la contenga de alguna manera.

En el orden del conocimiento y de nuestra psicología, puede decirse que nuestra actitud inicial  anuncia el modo en que despertamos a la existencia. La actitud inicial que se adopte en el umbral del pensamiento es determinante respecto del tipo de respuesta a la pregunta por lo que puedo afirmar últimamente sobre la realidad. Mi modo de describir la realidad depende de mi postura frente a ello.

En el origen de la filosofía ha de haber una actitud de humildad. Sin ella nuestro pensamiento pierde su carácter filosófico y se queda en lo problemático. No se trata de modestia, ni de abajamiento, ni de prudente hesitación antes de afirmar cualquier cosa, ni de la espera de la evidencia, como ocurre en la ciencia. Se trata de una actitud existencial: es el reconocimiento de que somos en algo que nos supera y en lo que estamos incluidos. El reconocimiento de la finitud, la experiencia de perdurar no siendo dueños absolutos de nuestro propio ser y existir.

Esto nos lleva, por lo mismo, a reconocer que somos, en primer lugar, para nosotros mismos, un don, don que se renueva a través del tiempo (Del rechazo a la invocación). De ahí que no sea posible desligar la experiencia de los propios límites de una fuente que no podemos separar de nosotros mismos, dado que es por su presencia que existimos (Cf. Homo viator). No se trata de una actitud teórica. Por eso, la filosofía que brota de la humildad es antiteórica. Nuestro pensamiento no está contrapuesto a nuestro ser. Humildad y finitud son los manantiales del pensamiento humano.

En humildad somos capaces de vislumbrar el carácter inobjetivo del ser. La realidad que se encuentra en humildad no puede ser un objeto. Tampoco puede producir un sistema en sentido racionalista, porque el pensamiento sistemático florece en el terreno de la objetividad. La idea de lo claro y distinto es propia del tener, mientras que la realidad que la humildad revela no se puede poseer. Este estilo de filosofía se distancia de un razonamiento autónomo totalmente impersonal. El pensamiento es entendido como adhesión al ser sólo se despliega como un continuo acto de humildad. En la más abstracta de las especulaciones hay siempre un compromiso fundamental, concreto y libre.  La mente no permanece fuera del ser como un observador desinteresado y totalmente externo. Separado del ser la mente sólo puede elaborar construcciones de un yo, que es pura construcción: transparente a sí mismo. Por eso dice Marcel que el reconocimiento de la no transparencia del yo es el supremo acto filosófico, la contrapartida intelectual de la humildad ontológica.

La metodología de lo inverificable es de fuerte inspiración agustiniana: la experiencia de estar como sumergidos en el ser y en la verdad. Para conocer la verdad, tenemos que estar en la verdad (Agustín) Filosofar es, en este sentido, expresar el ser presente que se haya inexpresado. Esta expresión emana de nuestra libertad: al ser sólo se le puede declarar libremente. La presencia indudable del ser pide nuestro libre consentimiento.

Por otra parte, el yo al que el ser está presente no es un ego insular, solitario. No nos separamos de los demás para sumergirnos en el ser. La experiencia de ser brota de la comunión. Es experiencia de comunión: esse est co-esse. No hay yo sino en cuanto hay comunión. Mi yo no existe separado de otros yo. Llega a existir en comunión.  Yo soy literalmente dado a mi mismo por otros. Lo que comunica con la trascendencia son las ventanas de la experiencia interpersonal.

La verdad nos abre al misterio. La conversión o reflexión segunda nos abre a la verdad. 

Cuando se pregunta por la verdad, se corre el riesgo de querer considerarla fuera de una relación existencial,  como dice el mismo Marcel, fuera de un drama en el que existe la pasión y en el que, para una conciencia viva, cristaliza una situación que provoca una singular pasión, que es la pasión por la justicia y la verdad.