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Dura palabra (5/10)

El misterio no equivale a lo incognoscible. Reconocerlo es un acto positivo en función del cual toda positividad puede reconocerse rigurosamente. Se trata de un cierto modo de intuición que sólo se capta a través de modos de experiencia en que se refleja, y que ella misma ilumina mediante una reflexión.  

La reflexión puede ser a dos niveles. En el primero, se captan los datos, los hechos, los fenómenos, es decir, la inmediatez de la experiencia. En el segundo, la reflexión vuelve sobre los datos de lo ya conocido, experimentado y vivido, sobre el fondo vivo de la experiencia que abre a lo supra-sensible, lo meta-problemático, que está ahí para cualquiera que se detenga a meditarlo.  

 El medio inteligible –dice Marcel a propósito de la segunda reflexión- así sea difícil la definición de su naturaleza, porque no es solamente lugar de encuentro, sino de comunicación y voluntad de comunicar, es aquel donde deberá desplegarse toda nuestra búsqueda.

El valor fundamental de esta reflexión, que es lo característico de la filosofía, radica en que, al volver sobre experiencias vividas (amistad, amor, lealtad, justicia, verdad), buscando captar su sentido en profundidad, lo que a cada cual se le revela acerca de sí misma como persona humana, ocurre algo decisivo: se abre el acceso al Ser. 

El ser es aquello que no decepciona, hay ser en el momento en que nuestra espera es colmada, hablo de esta espera de la cual participamos por completo, escribe en su Diario metafísico. El ser es lo que resiste o lo que resistiría a un análisis exhaustivo que trate sobre los datos de la experiencia y que intentaría reducirlo a elementos de valor intrínseco o significativo.  También llega a escribir que un conocimiento ciego del ser en general se halla implicado en todo conocimiento en particular.

Marcel consideraba que uno de los rasgos característicos del mundo contemporáneo consistía en la pérdida de ésta exigencia ontológica.  En un mundo en el que todo se reduce a problemas por resolver el hombre se ve reducido a las funciones que desempeña, su personalidad se fracciona, su capacidad de asombro queda atrofiada y, en consecuencia, pierde el sentido del misterio del ser, que podría recuperarse al reflexionar a fondo sobre el sentido y el significado de la propia experiencia. El punto de partida es lo concreto. La segunda reflexión nos permite descubrir que hay el misterio, en el que estamos envueltos, y nos abre un acceso al Ser, a la realidad propiamente espiritual que lo envuelve todo.  La reflexión segunda, caracterizado por Marcel como un movimiento de conversión, brota de una intuición del Ser que no se reflexiona ni puede reflexionarse directamente. Ella ilumina, al volverse hacia él, todo un mundo de pensamientos que ella trasciende. Su existencia genera una seguridad interna, que subyace al desarrollo del pensamiento discursivo, a los áridos caminos de la reflexión pura.

Es importante destacar que, en contraste con ellos, Marcel experimentó en la música otro modo de acceso a esa realidad que fatigosamente se esforzaba por alcanzar.  La música le otorgaba una prenda permanente de ella, como constata en un texto de 1959 (La música en mi vida y en mi obra). La música conjuga lo sensible y lo inteligible, sin la ayuda de lo conceptual. Ella es portadora de verdad, si bien no revela ninguna verdad particular, reducible a un contenido objetivable. Abre a un tipo de experiencia que obliga a pensar en la trascendencia de la Verdad – respecto del orden de verdades que son objeto del saber. No es este el lugar para profundizar en este interesantísimo aspecto. Baste mencionarlo aquí como un aspecto importante del esfuerzo de Marcel por superar la oposición entre el racionalismo de la inteligibilidad abstracta y una filosofía del absurdo, como la de Sartre.

Este intento supone dos momentos importantes: por una parte, a través de la afirmación de un orden del sentido y del valor, por el que jerarquizamos nuestras actividades, distinguiendo lo que nos hace acceder a lo mejor.  Por otra, la afirmación de que nuestros valores no pueden darse sin relación con lo que está en el fondo de las cosas: el principio del ser que pide, en último término, un acto de fe, cuya raíz es de carácter intuitivo.

La intuición misma se reduce, en el fondo, al acto por el cual el pensamiento afirma que él es, en sí mismo, trascendente a aquello que en él es pura objetividad. Él es, pues, en suma, un acto de fe, y su contenido no podrá explicitarse más que en una dialéctica práctica de la participación, por la que el pensamiento, superando el modo del saber, se acercaría por pasos sucesivos de creación al centro donde debe libremente renunciar a sí para hacer sitio a Aquél que es.