El hombre queda reducido a su verdad cuando, a fuerza de penas, trabajos y renuncias, es despojado de todo, incluso, cuando parece salir de la historia, y quedar como en su orilla, como los exiliados. El hombre despellejado, desnudo y desencarnado, a la intemperie, en el desierto, ahí es donde está más cerca de ser criatura de la verdad que personaje de la historia, queda despojado de sus ídolos y de sus máscaras. Zambrano vive el exilio como un quedar más allá de la tentación de existir de ser el existente en medio de una soledad dejada por el desamparo y el abandono, dado que la existencia es reducto de la subjetividad moderna, despojada de su idealismo, reducida a mero estado de arrojo. Zambrano llega a entender el exilio como una vocación que se colma quedando fuera del mundo –afuera y adentro, en el ínfero-, en un lugar sin mediación alguna, desierto sin fronteras, sin espejismos, sin firmamento. Es la transparencia de que hablan los místicos.
El que busca el conocimiento es el que no abandona el sentir originario, el que no desoye ni desatiende la presencia no objetiva de algo, de un centro que a sí mismo y a su contorno trasciende
Lo propio del hombre es abrir camino, porque al hacerlo pone su ser en ejercicio. El hombre es camino. La acción ética por excelencia es abrir camino, y esto significa proporcionar un modo de visibilidad, pues lo propiamente humano no es tanto ver como dar a ver, establecer el marco a través del cual sea posible una nueva visión de sí mismo, de sus posibilidades, de su vocación.
El hombre se encuentra ante la tarea de integrar razón, realidad, poesía, ensueños, música, visión del corazón. Educar, ser educado es hacerse transparente, dolorosamente, actualizarse como realidad única, en unidad y soledad, en el lugar donde anida y se gesta la persona, la individualidad de cada quien, en doloroso parto, y se desarrolla en todas sus dimensiones, normalmente con otros, pero también abandonado por los demás, en el exilio, el forzoso y el voluntario.
Puede decirse, con Zambrano, que la verdad que educa al hombre es la que está enraizada en sus sentimientos, sus deseos, sus sueños, su piedad, es decir, su trato con lo sagrado. Es lo más profundo que hay en la persona. Lo que la va integrando, haciendo crecer, llegar a ser ella misma, descubrir su vocación. Esto significa que le permite descender al fondo de sí, ensimismarse hasta llegar a lo que no es ella, a dar con el rostro que cada quien lleva en dibujado en sus entrañas, y luego salir, revelarse. Esto ocurre entre los otros, por mediación de otros, en la historia.
Todos somos, en cierto sentido, maestros: magister, maestro, alumno, rostro, discípulo, mediación para que cada persona sea más, viva más, crezca, florezca
Este tipo de reflexión indica que la racionalidad humana está sustentada por algo que no se identifica con la subjetividad, entendida en un sentido autónomo y autosuficiente, que crea y produce desde sí misma su capacidad racional.
3. El misterio de la verdad buscada
Muchas de las cuestiones que se suelen plantear como problemas filosóficos sólo se iluminan si se les considera bajo un punto de vista distinto: el del misterio. El misterio es una realidad cuyas raíces se hunden más allá de lo meramente problemático, porque, quien pregunta por su realidad, no puede colocarse fuera o frente a él. Gabriel Marcel reivindicó, para la filosofía, la importancia fundamental del misterio, contrapuesto al problema, como una categoría epistemológica fundamental. El contexto es una crítica al positivismo, al empirismo y al subjetivismo. Su planteamiento es meta-positivista, en un sentido preciso:
El misterio se corresponde con lo que de buena gana llamaría meta-técnico, hay que entender por esto la esfera inquebrantable a la que jamás tendrán acceso las técnicas. Lo que con toda seguridad podemos afirmar es nunca construir una máquina capaz de interrogarse acerca de sus condiciones de posibilidad de limite de su eficacia, aquí es donde aparece la interna conexión entre relación y misterio que está en el origen de toda mi obra.
El hombre contemporáneo se ha acostumbrado a explicaciones científicas y pseudo-científicas de lo que una visión positivista tiende a considerar como lo meramente natural, en el que todo se puede presentar como problema (teórico y técnico). Un problema es una cuestión susceptible de ser considerada de modo puramente objetivo. Quien se lo plantea, puede involucrarse en su respuesta o solución, como un buen matemático, pero el proceso mediante el que se resuelve se hace a través de la abstracción del sujeto. La objetivación se logra mediante una distancia que pone al observador fuera de la cuestión.
Un problema es algo que encuentro, que veo íntegramente delante de mí, pero que por eso mismo puedo asediar y reducir, mientras que un misterio en lo que yo mismo estoy comprometido y que, por tanto, sólo puede pensarse como una esfera, en la que la diferencia entre lo que está en mí y lo que está frente a mí pierde su significado y su valor inicial. En tanto que un verdadero problema puede resolverse con la técnica adecuada con la cual se define, un misterio trasciende por definición toda técnica posible. Sin duda, siempre cabe la posibilidad (lógica y psicológicamente) de degradar un misterio para hacer de él un problema. (Marcel, El misterio del ser, p. 190).