La poesía es respuesta, la filosofía, en cambio, es pregunta. La pregunta proviene del caos, del vacío, incluso de la desesperanza que se experimenta frente a respuestas que ya no satisfacen. La respuesta viene a ordenar el caos, hace al mundo transitable, amable y seguro. Pero aquí no se tocarán estos importantes aspectos. Baste señalar la importancia de la poesía, de la metáfora, como modo de conocimiento de la verdad. Tema estudiado ya por eminentes filósofos, entre quienes destaca Paul Ricoeur.
La verdad, diría María Zambrano, es revelación, una revelación que se padece, es acceder al interior a lo más real de la vida. Para esta pensadora, el hombre es un ser escondido que ha de ir revelándose en su vida. La vida, la de cada cual, tiene su verdad, una verdad viviente, del tránsito, del estarse yendo hacia, del trascender. Esta verdad se actualiza sobre todo en un estar con los demás, como futuro a descubrir, no como realidad presente, totalmente agotada en su ser. El hombre ha de realizarse y se realiza revelándose, cumpliendo su verdad.
La verdad se revela, es decir, es gracia, en la intelección se actualiza una presencia como donación. Para recibirla, el hombre, ha de entregarse a ella. El hombre aprende, de este modo, a tratar con lo sagrado y, así, a realizar su vida.
Lo sagrado es el sustrato más hondo de l realidad, que se manifiesta de múltiples maneras. La persona es una de ellas, la más radical, la más encarnada. Su revelación supone un descenso a los infiernos, volver a las entrañas en un proceso, temporal, histórico, que dura toda la vida.
Para hacer su vida el hombre necesita descubrir su propia verdad. Esto quiere decir, obedecer a la voz interna que la va llamando a ser y a vivir de determinada manera. Esa voz pide obediencia en un constante y creciente ir haciendo, haciendo eso que la llamada pide, declarándolo y otras veces, insinuándolo, más exigiéndolo siempre.
La vocación es algo distinto del hombre, es la respuesta a la llamada de una voz que pide que el hombre salga de sí, trascienda. Es, pues, un proceso con dos movimientos, un adentrarse y un manifestarse tan enteramente como sea posible. Es un recogerse para luego volcarse; un ensimismarse para manifestarse con mayor plenitud. La vocación pide que el hombre se sacrifique por ella.
La voz de la vocación es la de la verdad. No la verdad en abstracto, la verdad puramente teórica o mirada como en un espejo, sino con algo que ha de tener sus raíces en la zona afectiva, ya que, como sabido, es el sentimiento el que impulsa la voluntad, el verdadero motor.
En la vocación se revela de modo privilegiado la esencia trascendente del hombre y su realización concreta. En ella aparecen unidos los planos y estancias del ser y de la realidad, del hombre y de su vida, que integran la totalidad del hombre.
La vocación, como verdad, es lo que le da unidad al ser, a la realidad y a la vida. . La vocación hace que la razón se concrete, se encarne, diríamos, que la vida se sustancialice y se realice al par, uniendo así, vida, ser y realidad. (Ídem). La vida, que había quedado sepultada por el idealismo; el ser, olvidado a costa de la verdad, por la fenomenología; la realidad, que había sido rescatada por el positivismo.
En síntesis, la verdad para el hombre es la revelación de su propia vocación. La función del maestro es aquí de mediación. El maestro es mediador entre la luz y la ignorancia, entre la razón y la confusión en que inicialmente suele estar todo hombre.. Es mediador con respecto del ser en tanto crece, y crecer para lo humano es no sólo aumentar sino integrarse. Toda vida está en principio aprisionada, enredada en su propio ímpetu. El maestro ha de ser quien abra la posibilidad, la realidad de otro modo de vida, de la verdad. Maestro y alumno comparecen ante la verdad, se sacrifican ante ella. La verdad está por encima del juicio del maestro y del alumno, y su manifestación ocurre a través del diálogo. Por desgracias éste importante aspecto del acceso a la verdad, a penar en mencionado por la filósofa malagüeña.
El hombre es un ser que padece la trascendencia de su incesante despertar, siempre entre el sueño y la vigilia, entre la oscuridad de sus entrañas y la claridad de su libertad.