Acerca de OCE
Debates educativos
Artículos de opinión
Colaboraciones libres
Publicaciones
Sitios de interés


Share

Dura palabra (2/10)

Educere, como es sabido, significa extraer, obtener. En este sentido elemental, pero de enorme trascendencia, la tesis enunciada implica un doble movimiento, hacia el interior y hacia lo exterior del hombre; la verdad que mejor nos educa nos permite volver sobre nosotros mismos, a lo más profundo que haya en nosotros, a lo más íntimo que nuestra propia intimidad.

Esa verdad, a su vez, es la que más nos permite salir de nosotros mismos, salir a lo otros, a la realidad, en última instancia, a esa realidad Otra que está por encima de cuanto podemos conocer y captar con nuestras solas facultades intelectuales, pero cuya existencia podemos barruntar, la realidad del misterio sagrado al que llamamos Dios.  

 En este sentido, creo que puede hablarse de que hay una experiencia de la verdad.  Experiencia, en primer lugar, de nuestros límites y posibilidades. Las verdades que más nos educan son las que nos ponen frente a nuestros límites. En ellos, descubrimos la posibilidad de rebasarlos. El primer límite, es la estructura egocéntrica del sujeto. Cuando salimos de nosotros mismos- en el orden intelectual, afectivo o volitivo-, somos educados por la verdad. Entonces somos capaces de descubrir la realidad, a la que estamos volcados; de descubrir, también, la realidad de los demás, de los otros, de quienes, en buena medida, recibimos lo que somos; de descubrir, así mismo, que somos más, que hay en nuestro ser más de lo que empírica o biográficamente podemos constatar, que el camino de vuelta sobre nosotros mismos es un camino que nos puede conducir más allá de nosotros mismos, al fondo de eso que llamamos nuestra intimidad, al interior intimo meo que llamaba San Agustín.

Esto ocurre, creo,  en cada situación concreta, en todo interrogar sobre las cosas y en recibir de ellas una respuesta en que se establece un acuerdo con ellas, como afirma Xavier Zubiri. Entonces somos capaces de descubrir que sólo somos con los demás y desde ellos, y que la verdad sólo puede ser una empresa común, que siempre nos rebasa, que es un ideal, como afirman Emmanuel Kant y, más recientemente, Mauricio Beuchot.

2.    La verdad como revelación

La verdad puede ser entendida con la metáfora de la luz, como ocurre en varios autores griegos, el Evangelio de San Juan, en San Agustín y en una larga tradición. En ella se inscribe la búsqueda de María Zambrano y de Gabriel Marcel, los dos filósofos a quienes me referiré en particular. 

Se ha dicho que toda la obra de Zambrano puede ser entendida como una respuesta a la noche oscura de lo humano (La agonía de Europa, 1945). Una historia en que se dejaron de ver las cosas, en la que se legisló y ordenó la realidad a costa de sojuzgarla mediante la pregunta por el ser bajo una perspectiva predominantemente racionalista, de reducirla a un núcleo esencial y unitario que ahoga la experiencia viva; en la que la mediación con la naturaleza supuso una disolución secular de lo divino, que dejó al descubierto los abismos de lo sagrado en su expresión más bruta; la existencia humana queda proyectada en la historia de una libertad sometida a una inercia sacrificial que no se puede detener (Persona y democracia). Este es el diagnóstico que hace Zambrano del humanismo occidental, desde Platón a Nietzsche, quien con su nihilismo desenmascara y anuncia la recaída en lo más hermético y opaco de la realidad, produciendo así el suicidio de Occidente.

Esta pensadora buscaba las condiciones de posibilidad de todo pensamiento lógico y analítico, y lo encontró en la intuición, en el más amplio sentido del término, como el recurso de una razón integral, de una revelación no dogmática, semejante a una avenida de lejana perspectiva.

Zambrano habla de un saber auroral, un saber de lo aún no nacido en el hombre, desde su ser finito, siempre irresuelto. De las entrañas no esclarecidas y de las esperanzas enredadas en las ruinas de la historia, frente al reduccionismo que busca reconciliar razón y realidad, que identifica la realidad con lo que racionalmente es posible conocer de ella, en el sentido del racionalismo, del idealismo e incluso de la fenomenología de Husserl. (El caso del exilio, por ejemplo, que, aunque es, resulta ininteligible).  

Zambrano lleva a cabo una crítica de la razón occidental, y se adentra en lo que ha quedado relegado por ella, su alma y su rostro, sus ínferos y sus sombras como formas íntimas de la vida, en las categorías del ser que han quedado anegados bajo la noción falsificadora de experiencia que ha dominado en Occidente: el tiempo, el amor, el rencor, la piedad, la nada, la muerte, las entrañas. Al modo de intelección de esta verdad Zambrano lo llama razón poética, cuyo objeto propio es la realidad poética. La realidad más poética es lo sagrado., que es lo otro de la razón. La razón poética es el método, el horizonte que permite dar con el ser de la persona y que hace posible que ésta pueda crearse.