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Antecedentes.- La referida iniciativa intercultural nunca tuvo rumbo ni destino. Se lanzó a la mar en una frágil barcaza diseñada al modo y gusto de los asesores del titular del Ejecutivo; y sin asimilar las experiencias del arranque siempre incompleto de la escuela normal indígena de Cherán. El lanzamiento se hizo en base a un convenio establecido con la Universidad Michoacana, mismo que nunca se dio a conocer públicamente. Con anuncios formales, ya, en tres Informes de Gobierno consecutivos acerca del establecimiento de una universidad indígena, este concepto se formuló casi en secreto y se ha seguido manejando de manera elusiva, a través de declaraciones de prensa, y sin insertarse dentro de una estrategia integral de transformación del sistema educativo estatal en todos sus niveles.

Más aún, desde la época de las mesas de trabajo para la reforma indígena estatal del 2004, la petición para la celebración de un encuentro similar donde se participara en la definición de la misión/objetivos, perfil institucional y contenidos educativos de una universidad indígena, siempre fue rechazada, procediéndose de un modo muy poco transparente al respecto. En consecuencia, la propuesta de universidad nunca se presentó en un foro abierto ni ésta se ha divulgado de manera escrita, y en versiones bilingües; ni discutida y validada por las autoridades legítimas de los pueblos y comunidades indígenas.

Por otra parte, se trata de un proyecto insensible históricamente y corto de visión, al permitir que la comunidad española de Valencia participe con recursos y directrices en un proyecto de esta naturaleza, y no que sea la propia sociedad michoacana quién asuma la responsabilidad por la educación de sus jóvenes universitarios.  

Es así que esta iniciativa del gobierno estatal ha sido catalogada más de pólvora y fuego de artificio promocional, que de armamento y munición efectiva para combatir el retraso universitario y científico de los jóvenes indígenas de esta región del país. Específicamente, mientras que se cuestiona la necesidad de una universidad aparte para los indígenas, el maestro Adolfo Mejía la califica como mero compromiso político y pirotecnia indigenista. (3)

¿Cuáles serían, entonces, los quehaceres y compromisos de una universidad indígena en este contexto? ¿Responden las así llamadas universidades interculturales, impulsadas por la administración federal, a las necesidades de los pueblos indígenas del país? 

Arquitectura educativa y autonomía  

Para comenzar, además de contar anticipadamente con los estudios de base bien fundamentados y propuestas de planes de acción, la idea de una universidad indígena debería debatirse amplia y serenamente, por escrito y en público, en la academia, el legislativo y el ágora comunal; y con la participación de los sujetos principales a los que la iniciativa iría encaminada (4).

Para poder participar con provecho recíproco dentro de las redes nacionales e internacionales del conocimiento, cualquier nueva iniciativa de educación superior e investigación científica en nuestro país tendría que construirse ante todo sobre cimientos sólidos y bien estructurados, con miras superiores a las instituciones ya existentes, evitando fallas estructurales de diseño institucional y ordenanza legal, y apartándose desde su concepción del modelo de las universidades de papel, i.e., imaginadas, sostenidas y estandarizadas desde el poder y la burocracia. (5) 

Esto es, contar con los elementos materiales y con el pensamiento crítico y la acción para cumplir a plenitud con la trinidad universal de la naturaleza y quehaceres de esta institución cardinal: acción-investigación, enseñanza-aprendizaje, creación-difusión; prácticas éstas que constituyen, en conjunto indisoluble, el cuerpo y espíritu de una (sola) universidad verdadera. 

Una universidad indígena en Michoacán tendría que representar un nuevo significado y establecer contenidos diversos y especiales en la constelación de universidades estatales y nacionales. Y brillar con luz propia. Debería, en consecuencia, ofrecer también un modelo educativo distinto; responder a las prioridades educativas y de desarrollo de los indígenas del estado y el país; y, primordialmente, generar nuevo conocimiento y de la mayor relevancia para nuestra sociedad en el sentido más amplio.

Finalmente, además de contar con la garantía de los recursos materiales necesarios, y de las instalaciones idóneas para la interacción creativa de nuevas e ilustradas comunidades del aprendizaje, la universidad indígena tendría que ser un ejemplo de autonomía desde sus procesos actuales de gestación. Esta condición es el mecanismo imprescindible que podría conducirla a cimentar –para su propia consolidación y respeto institucional–, una cultura igualmente sólida de autonomía universitaria.  

Y es que sólo de esta manera podría crearse un ente intelectual valioso –científico y humanista–, de resguardo del patrimonio cultural y material nuestro y, por lo tanto, de apoyo a la propia y necesaria autonomía de los pueblos y comunidades indígenas. 

Barrio de San Pedro Urhépati, Santa Fe de la Laguna, Michoacán, a 28 de marzo de 2005 

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Notas