¿INTERCULTURALIDAD DE PAPEL?
Apuntes sobre la idea de universidad indígena
Bertha Dimas Huacuz *
eltrendigital@unimedia.net.mx
Una característica socioeconómica que hace resaltar a Michoacán en el ámbito nacional e internacional, es el número de personas que año con año emigran a los Estados Unidos en busca del mínimo sustento y bienestar familiar. Son ampliamente difundidas las estimaciones de que al menos 45 mil personas abandonan el estado anualmente a consecuencia de las precarias condiciones en que se encuentran en sus comunidades, incluyendo la creciente degradación de los recursos naturales productivos, y ante la falta de fuentes de empleo y de oportunidades generales de salud, educación y vivienda. Esto ocurre principalmente en el campo, pero no es ya, desde hace tiempo, un fenómeno exclusivo de las zonas rurales.
El así denominado índice de intensidad migratoria captura esta triste y sobresaliente característica de nuestra entidad. Este indicador refleja el alto porcentaje de familias que a nivel municipal y estatal, cuentan con algún familiar radicando fuera de su comunidad de origen, en el país, o (legal o ilegalmente) en el extranjero (1).
I. Educación superior: Observaciones sobre cobertura, relevancia y calidad
De manera similar, se podría explorar por medio de encuestas y otras metodologías relevantes de estudio socioeconómico y estadístico, lo que podría denominarse índice de insuficiencia, o de intensidad de negación universitaria. Este reflejaría el porcentaje de jóvenes que, por cualquiera de las razones posibles (por ejemplo, carencia de recursos económicos, el no contar con recomendaciones, falta de óptima salud o insumos de estudio) no fue aceptado, y se quedó sin acceder a cualquier carrera, escuela o institución de educación superior, pública o privada, aún contando con la intención, aspiraciones, motivación, inteligencia y capacidad.
Pero partiendo de que el promedio de escolaridad para la población michoacana en su conjunto (urbana y rural), es de 6.6 años, y en las zonas indígenas es de apenas cuatro años, el cálculo de este índice de negación universitaria probablemente no fuera necesario, en tanto que existen suficientes estadísticas educativas que demuestran que son miles los jóvenes (de diversos estratos socioeconómicos y regiones del estado) que difícilmente terminan, apenas y con trabajo, la educación primaria o secundaria (2). Muchos de estos últimos, por lo tanto, nunca incursionan en los trámites para la presentación de exámenes de admisión al nivel educativo técnico o preuniversitario.
Apuntemos que en el ámbito nacional solamente el tres por ciento de los jóvenes en edad universitaria (19 a 23 años), que viven en las zonas rurales pobres, cursan estudios de nivel universitario, mientras que esta proporción llega hasta un 45 por ciento si se habita en la ciudad y se pertenece a una familia de ingresos medios o altos. Esta tremenda desigualdad a nivel nacional nos lleva a preguntarnos acerca de la proporción de jóvenes indígenas y de origen humilde y campesino que efectivamente han tenido y tienen actualmente acceso a la universidad y que, finalmente, completan una educación de nivel superior en Michoacán.
Se sabe con certeza, eso sí, que nuestros jóvenes de hoy –indígenas y no indígenas– se enfrentan a obstáculos económicos y sociales siempre crecientes para poder completar una carrera profesional; por lo cual ellos inician el ciclo vital de adolescentes como rezagados escolares, lo continúan como rechazados universitarios y, en consecuencia, engrosan forzadamente las filas del desempleo y de la emigración.