Para lograr que su labor tenga una fibra espiritual, el maestro tiene que empezar por él mismo, iniciar o continuar su propio camino de autoconocimiento, preguntándose constantemente qué es lo que puede y debe hacer: ¿cómo hay que vivir?, ¿qué reclama la vida de él?, ¿cuál es su más auténtica vocación?(4).
Si entendemos la vocación como el encuentro y la conjugación de una libertad y un llamado (la palabra vocación procede del latín vocatio-onis, de vox: voz), descubriremos algo importante sobre la misión del maestro y el sentido de la educación, pues la búsqueda del docente no estriba solamente en algo individual, en lo que quiero o espero yo, sino también en lo que la vida reclama de mí. La docencia y la educación requieren del arte de escuchar llamados, otras voces, ya sea de nuestro interior (la conciencia) o del exterior (la ciencia, la política, el arte, la religión y otras muchas posibilidades). Desde este punto de vista el maestro ya no se preguntará principalmente, qué pueden hacer las instituciones por él, sino qué puede hacer él por las gentes y las instituciones del país.
Esto supone un profundo cambio en la visión del mundo y de la vida, en la cosmovisión del maestro, pues el eje de su vida y de sus acciones ya no estaría en su individualidad o en los intereses corporativos, sino sería lo otro y los otros: los niños, la pedagogía, sus colegas y la comunidad.
Lo más importante en la educación no es la transmisión de conocimientos parciales (informaciones, técnicas y resultados), sino el sembrar inquietudes e intereses intelectuales y espirituales de diversa índole. Si se despierta la sed, los estudiantes mismos buscarán donde saciarla. Lo fundamental en la docencia es impulsar el deseo de preguntar y de comprender, de buscar la verdad entendida ésta como una dirección que vale para el conjunto del ser, y no una dirección reductible a tal o cual momento particular. La tarea educativa se constituye, ciertamente, con la transmisión de conocimientos parciales, pero sólo adquiere pleno sentido cuando considera la existencia de una realidad humana universal, una verdad humana, la verdad del hombre para el hombre.
Desde esta perspectiva, el maestro sería un profesional que no puede conformarse, pues su destino es la búsqueda constante de la verdad, el buscar el conocimiento en la vida y la vida en el conocimiento. El docente auténtico sabe que no puede descansar en la comodidad de un dogma o en las seguridades de las técnicas establecidas, pues cada día su trabajo le presenta nuevos retos, problemas y situaciones. La educación es cambiante como la vida misma y la docencia no es una verdad patente; es algo que debemos conquistar día con día y paso a paso, un camino que se hace al andar como nos recuerda el poeta Antonio Machado.
El maestro necesita descubrir lo que la vida reclama de él, y más precisamente lo que el día concreto le pide ahora y aquí: la situación de su grupo, los asuntos y problemas significativos que presenten los niños, las posibilidades de los padres de familia, el sacar adelante la escuela mediante un proyecto compartido con sus colegas y otras muchas cuestiones que lo interpelan a cada momento y sobre las cuales tienen que tomar decisiones.
La herramienta de la intuición
La docencia genuina supone tomar decisiones de una manera libre y responsable. El hombre se hace tomando decisiones constantemente, somos la suma y la historia de nuestras decisiones, las cuales serán mejores en la medida en que las tomemos escuchando y mirando al interior de uno mismo, pues ahí están las mejores pistas y los criterios, ahí alienta el espíritu que hay en cada uno de nosotros, lo que comúnmente se llama la voz de la conciencia, voz que es difícil escuchar porque requiere soledad y silencio y porque en la vida moderna predomina el parloteo, la prisa y el ruido.
Sin embargo hay formas para atender esa voz, partiendo de lo mejor de nuestra experiencia, siguiendo las coincidencias, las corazonadas: nuestras intuiciones.
La intuición son esas ideas y sentimientos que operan en relación con nuestras predisposiciones reales, con nuestra vocación, con nuestra creatividad (con nuestro más hondo y verdadero sentimiento): una asociación automática con nuestras auténticas necesidades y aspiraciones. La intuición es la experiencia de captar lo espiritual de manera inmediata, es un comportamiento mental inconsciente, que pone en juego las adquisiciones acumuladas por la experiencia y cuyo resultado aparece súbitamente en el campo de la conciencia, como una visión que apenas se distingue del objeto visto. Una forma de conocimiento que alcanza a su objetivo de inmediato, sin los intermediarios del discurso y el razonamiento, al margen de las deducciones.(5).