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Una parte considerable de los profesores se conforman y aceptan las situaciones como algo ante lo que no se puede hacer nada y deciden realizar su trabajo sin pena ni gloria. Por comodidad o por temor, aceptan el sistema burocrático y aprenden a jugar con sus reglas. Desconfían de los cambios y propuestas que no procedan de las fuentes institucionales que les son familiares y que les han permitido cierta seguridad y movilidad social. Por ingenuidad, pereza espiritual o por tener demasiado arraigados los esquemas de autoridad de la burocracia, se mantienen a la expectativa realizando una labor formal y jugando el papel de las mayorías silenciosas. 

Como contraposición a lo anterior, otros grupos de profesores reaccionan al malestar docente con actitudes contestatarias, rebeldía y reclamos de todo tipo. Es muy común escuchar en reuniones de maestros un discurso, supuestamente crítico, en donde se usa frecuentemente la ideología de la descalificación y se acusa al neoliberalismo, al Estado y a las autoridades de todas las limitaciones que enfrenta el magisterio, se considera, sin asomo de autocrítica, que los problemas siempre tienen un origen externo y que son fruto  de la perversidad y de la manipulación de las autoridades. Este discurso  se vuelve reiterativo y se agota en sí mismo porque la mayoría de las veces no se plantea seriamente la responsabilidad compartida que debe haber ante los problemas y por lo tanto no se aprecia el radio de acción(grande o pequeño), donde podríamos actuar y superar los condicionamientos y las circunstancias que generan el malestar docente.

Por otra parte, tratando de superar el maniqueísmo tan común en la política de nuestro país, existen también muchos maestros que sin ser incondicionales de las políticas y métodos oficiales o disidentes, buscan puntos de coincidencia con éstas y mantienen una posición crítica que les permite establecer las distancias y los acercamientos pertinentes, el disentir y colaborar cuando la situación lo amerite o lo requiera. Estos profesores, como señalaba A. Camus, buscan comprender y matizar; nunca dogmatizar y confundir, son conscientes de que las condiciones son difíciles y adversas; sin embargo tratan de convertir los problemas en retos y al pesimismo de la razón oponen el optimismo de la voluntad. La voluntad de recordar y encontrar, en una búsqueda y un compromiso constante, el sentido último de su labor: el propiciar y acompañar en todo momento y en cualquier circunstancia, el descubrimiento y desarrollo integral de la persona  y  por ende de la comunidad.

Los fines últimos

El error principal en la formación y la práctica de los maestros, es pensar que la educación es un problema técnico. Que sería suficiente si el profesor cuenta con una información básica sobre los temas que enseñará, algún método para organizar sus clases y un conjunto de procedimientos para accionar.  Se considera  que el fin primordial de la educación radica en la transmisión del conocimiento, en el sentido de poseer y manejar mucha información, y se olvidan los fines últimos de la educación que solamente pueden surgir de la apertura a la experiencia y de la reflexión filosófica, esto es de la búsqueda y rebúsqueda de la verdad, del pensamiento crítico y autocrítico que construye una visión unificada y coherente del mundo y de la vida, una panorámica sobre la realidad personal y social del ser humano y del mundo.

La filosofía es algo peculiar de cada uno de nosotros, no es cuestión de técnica sino sencillamente una especie de sentido mudo, que aprecia profunda y hondamente lo que la vida significa.  Sólo en parte procede de los libros; es en suma el modo específico de ver y de sentir la vida y la marcha del cosmos(2). Los profesores requieren de un suplemento de formación filosófica y una confianza en su propia experiencia que le dé raíces y nuevos horizontes al trabajo pedagógico.

El maestro auténtico sabe que el fin último de su trabajo consiste en ayudar al alumno a construir una cosmovisión y dentro de ésta descubrir su vocación o las semillas de la misma; actúa para que el estudiante pueda conocerse y descubrirse a sí mismo y ponerse en búsqueda de la verdad, de aquello en lo que pueda creer con la mayor honestidad y sinceridad posibles, las razones por las cuales vale la pena vivir. 

El maestro no es el que enseña tal o cual disciplina, sino el que enseña la PROFESIÓN GENERAL DE HOMBRE, para la cual todos los contenidos no son más que medios y complementos; Bien decía Juan Amós Comenio que las escuelas antes que nada deben ser TALLERES DE HUMANIDAD, en donde se pueda ayudar y acompañar a los niños, a los jóvenes  o a los adultos a descubrir su persona, su ser espiritual, ese núcleo que hay en todos nosotros que unifica nuestra libertad y nuestra responsabilidad como seres humanos.(3)

Cuando hablamos de la búsqueda espiritual como un propósito importante de la educación, no estamos entendiendo el término en su sentido formal y tradicional de contraposición a lo material, o de un refinamiento cultural, o de algunas prácticas vinculadas a una determinada religión. 

Lo espiritual sería el conjunto de ideas y situaciones (lecturas, meditaciones, diálogos,   actitudes y acciones en general), que estimulan y ayudan al hombre para lograr su comprensión y transformación más profunda, que lo llevan al descubrimiento de su persona, del yo más íntimo y de su necesidad fundamental de comunicación y de armonía consigo mismo, con el prójimo y con la naturaleza.

El desarrollo o crecimiento espiritual -nos dice el escritor Hugo Hiriart- está encaminado a hacer más fina, más penetrante y generosa la conciencia del hombre.  Es cierto que la palabra espiritual en estos tiempos hace sonreír a la gente con superioridad y desprecio, pero no por eso deja de estar menos presente en la vida de todos con una importancia decisiva.