El ya común término aprendizaje significativo tiende a tener cada vez menos significado; en las aulas no ha sido posible erradicar (y en muchos casos ni siquiera concientizar) el problema del aprendizaje memorístico.
El caso se vuelve más severo cuando aquellos que nos encargamos de la educación de los futuros maestros de educación básica no alcanzamos a comprender la importancia de ello. En muchas instituciones formadoras de maestros se llevan asignaturas tales como La enseñanza de las matemáticas, la enseñanza de la biología, La enseñanza de la geografía, entre otras; sin embargo, la mayoría de los titulares de esas asignaturas no tiene claro el propósito de las mismas que, en general, expresa que se debe desarrollar en los alumnos sus capacidades y habilidades para enseñar los contenidos de esa asignaturas en el aula. Por el contrario, se enfocan más a una especie de repaso de todo aquello que los estudiantes normalistas vieron durante su estancia en las distintas etapas de su educación básica.
Las consecuencias de esto son lamentables: el alumno egresado de las normales (con sus valiosas excepciones) no tienen la menor idea de cómo mediar entre el conocimiento y sus alumnos. En el mejor de los casos, el maestro se da cuenta y decide actualizarse, sin embargo, la mayoría recurre a la repetición monótona y sin sentido de los contenidos educativos.
¿Cómo, entonces, desarrollar competencias y habilidades en los alumnos si quién debe ser el encargado de ello no es competente ni tiene las habilidades para lograrlo?
Parece complicado, pero no lo es. Sucede que realmente el maestro no se da cuenta que todo cuanto nos rodea es susceptible de ser usado como instrumento de enseñanza. Eso es justamente lo que hace productiva nuestra experiencia en el aula: la contextualización de las vivencias a fin de que los estudiantes puedan encontrar sentido a lo escrito en los libros de texto.
Ahora bien, estamos conscientes que una oportunidad (léase problema) puede abordarse y resolverse de distintas formas. Sólo baste recordar que cuando planeamos ir a algún lugar tenemos la posibilidad de diseñar distintas rutas, tal vez algunas más óptimas que otras, pero se logra el mismo resultado. De hecho, en el mundo laboral y familiar del hombre común ocurre lo mismo, se nos presenta una oportunidad y es nuestro rollo el cómo lo resolvemos, lo importante es eso: resolverlo.
Entonces, volviendo al diálogo sostenido con mi alumna descrito al principio, y si me perdonan la expresión: ¿a quién diablos le importa cómo resolvió la ecuación? Lo importante es eso: lo resolvió.
La escuela conductista debe estar cada vez menos presente en las aulas (aunque no puede ser eliminada del todo en el contexto familiar, eso será motivo de otro análisis). El papel del maestro actualmente debe rebasar esos esquemas añejos de orillar al alumno a grabarse literalmente la forma de resolver problemas. Es más importante darle libertad para que construya y desarrolle su propio conocimiento y, lo más importante, que sepa la utilidad de este en su vida cotidiana. A final de cuentas, el maestro no estará a su lado cuando deba tomar decisiones en su vida adulta.
El caso particular que abordé al inicio es el vivo ejemplo de la mejor manera de matar la iniciativa de los estudiantes por investigar y crecer académica y personalmente. Al mismo tiempo, no me preocupa tanto pues aún está en proceso de su formación académica.
Es difícil tener estadísticas, ya no digamos confiables, sobre los maestros que actualmente continúan con la vieja usanza de la teoría conductista, sólo puedo referirme a lo que he observado. Casos graves he visto incluso de aquellos que recurren al castigo físico como refuerzo para que el niño aprenda, y más grave aún, con la complacencia (y en algunos, a petición) de los padres.
La teoría constructivista está en boga, aunque al igual que el famoso aprendizaje significativo, no todos entienden cómo construirlo para darle significado. Pero esa esa es otra historia.