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LO QUE EL CONSTRUCTIVISMO SE LLEVÓ (O se quiere llevar) JUAN CARLOS CUEVAS ZÁRATE ego.praetor@yahoo.com.mx Hace poco escuché a una estudiante describirme una experiencia que vivió mientras realizaba sus actividades en el aula durante sus jornadas de observación y práctica docente. El diálogo que entabló conmigo se desarrolló más o menos de la siguiente manera. MAESTRO (M).- Por favor, alguno de ustedes cuénteme acerca de las experiencias vividas en su pasada jornada (de observación y práctica docente). Preferentemente alguien que haya tenido problemas con sus alumnos. Surge entonces al fondo del aula una mano pidiendo la palabra: ESTUDIANTE (E).- Tuve una mala experiencia con un alumno que no quería trabajar de acuerdo a las instrucciones dadas. Estábamos trabajando con ecuaciones de primer grado, específicamente utilizando el método de suma-resta. Les dejé algunos ejercicios para resolver en casa pero al otro día me los entregó resueltos con el método de sustitución. Tuve que señalarle que no siguió las instrucciones. (M) ¿Y sus resultados eran correctos? (E) Si, pero no era lo que se había pedido. Por eso no se lo acepté. No dudo que hayan existido palabras más o menos en aquel diálogo, sin embargo la idea principal es la misma: el conductismo. A través de las muchas reformas que ha tenido nuestra educación respecto a lo que se pretende lograr en el estudiante, vemos insistentemente que se desea desarrollar en él sus habilidades y capacidades para reflexionar acerca de su entorno y actuar en consecuencia. Desafortunadamente he tenido la oportunidad de escuchar, y ver, a muchos maestros dando sus clases y penosamente me doy cuenta que lo que menos se hace es motivar al alumno para que desarrolle sus capacidades y ni que decir de sus habilidades. Quizás es oportuno comentar que la noción de competencia apunta más a lo que el sujeto pueda hacer, que a lo que hace efectivamente. La interrogante más interesante en este punto es saber si las competencias se forman o se desarrollan. Escuchamos en distintos frentes que todos nacemos con ciertas competencias y habilidades (inmaduras, pero a final de cuentas son tales). De ahí que pudiera inferirse que lo deseable del educador es que las desarrolle y a través del tiempo se conviertan en habilidades bien cimentadas que le permitan al individuo desempeñarse óptimamente en su entorno próximo y en el mundo social. Esas competencias y habilidades van madurando conforme el crecimiento físico y mental de los individuos, apoyado por su entorno familiar y social. En virtud de las vivencias de cada uno, se determina la habilidad y competencia para tal o cual tarea. Dicho de otra manera, el niño cuyas circunstancias contextuales lo orillen al manejo de operaciones aritméticas (por ejemplo, una tienda), tendrá más posibilidades de desarrollar sus competencias y habilidades en esa área del conocimiento. Podemos deducir, entonces, que el conocimiento es experiencia. Es ocioso afirmar que todos aquellos que nos encontramos frente a las aulas hemos pasado también por ese proceso contexto-experiencia-conocimiento. Naturalmente las experiencias son tan distintas como alumnos y maestros existen en los salones. El reto estriba verdaderamente en sólo una pregunta: ¿qué hacemos con la experiencia? |