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LA PASIÓN Y LA PALABRA 

                                                                               

Sandra Aguilera Arriaga 

contracorrientepuebla@yahoo.com.mx

Mientras leía el libro Aprender y enseñar la lengua escrita en el aula, en mi mente fueron delineándose dos palabras que, con mayor claridad  se acomodaron libremente cuando terminé de leerlo: pasión y palabra.

Dos palabras que definen el contenido y el cuerpo de esta obra. Dos momentos en los que intentaré realizar esta presentación. 

LA PASIÓN 

A principios de los años ochenta, cuando trabajaba como profesora de un grupo de primaria, en una colonia marginal de esta ciudad, comencé a cuestionarme sobre cómo serían los siguientes 25 años en el magisterio. Era muy temprano para andar con esas malas ideas y sin embargo ahí estaban. Me preocupaba saber si había otra forma de trabajar con los niños porque empezaba a percatarme que cada uno de ellos era distinto, tenían historias de vida diferentes y lo mismo ocurría con sus intereses. Unos aprendían muy rápido y otros tardaban más pero, a ciencia cierta, no sabía el porqué ocurría eso. Sin embargo, me sentía insatisfecha. Empezaba a cansarme el que mi trabajo en el aula fuera casi igual todos los días. 

En ese tiempo tuve posibilidad de entrar en contacto con nuevos materiales, personas y textos que me inyectaron  una nueva perspectiva del trabajo: la propuesta para el aprendizaje de la lengua escrita y la matemática  que, con mucho miedo, puse en práctica durante 5 años con los niños. Unos años antes había tenido la fuerza de empezar a formarme como lectora, una vez que egresé de la escuela normal. La lectura había sido descubierta por mí, por la vía del interés y el placer, hacia los 22 años. La escritura fue más reacia conmigo.

Cuando estaba en esa escuela conocí y leí a varias de las autoras que hoy tengo la fortuna de encontrar en este nuevo libro. Un puente se empezó a construir desde entonces. Un puente que fue y es, al mismo tiempo, el territorio de la palabra, los textos, los juegos, la afectividad, el respeto y las risas, dentro y fuera de las aulas. Se había iniciado el camino  hacia la otra orilla, aquella que era desconocida para mis alumnos y para mí. La orilla infinita, la de la loca de la casa de Alfonso Reyes.

Descubrí que la loca no discriminaba, no le importaba el color de la piel, ni la historia personal, ni el apellido, ni el material de los mesabancos. Mucho menos la fachada de la escuela. Tampoco necesitaba de materiales sofisticados, ni que leyeran de corridito. Ayudaba a encontrar palabras, a verlas donde no estaban, a construirlas donde parecía imposible. Sabía cómo acomodarlas y jugar travesuras y desordenarlas. Era siempre amigable con los estudiantes y conmigo. Generalmente pasaba más tiempo con ellos.

Cuando los niños y las niñas tomaban los libros o escribían en sus cuadernos, saltaba, se subía a la pared, emitía sonidos diversos, se reía, se sobresaltaba y llevaba siempre el gotero de Sabines por si se ofrecían gotitas de luna para los ojos. O una cucharada por la mañana estaba bien.

A partir de todo eso que viví supe que existía la casta de los sonámbulos de Alberto Ruy Sánchez, porque empecé a ver en muchos de los estudiantes que pasaban por mi salón de clase, el cómo llevaban  los sueños a flor de párpados. Sus miradas y las mías se entendieron a partir de entonces.