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CONVERSIÓN EDUCATIVA 

Luis Armando Aguilar Sahagún 

aguilar@iteso.mx

La conversión educativa es conversión al otro. Es dejar los esquemas, los métodos, los saberes que tengo listos para que el otro siga siendo mi discípulo. La conversión es cosa del corazón, es de toda la persona y la transforma por completo, incluyendo sus pensamientos. No hay mayor esclavitud que la que guardamos a las ideas: sobre nosotros mismos, sobre los demás y sobre Dios; esclavitud a lo que queremos por encima de todo, cuando ese todo no es la realidad amorosa de Dios, que lo rebasa todo.  

Nada describe mejor la educación que el proceso completo de conversión. Dejar lo viejo, comenzar por dejar la estofa que impide que la alegría nueva encuentre un eco y anide en nosotros. La única alegría de corazón es la del despojo entero, la pobreza y la entrega del ser, que se hace tanto más propio cuanto más lo entregamos.  

El ser es lo dado, lo entregado. El ser es la alegría. Entregar con alegría es entregar y recibir el ser. El ser se recibe y se entrega a la vez. El ser no se opone al tener cuando éste se pone a disposición de los demás. Así se aprende a ser. 

El hombre se reeduca al morir al miedo, a la ignorancia, al error, a toda imagen de sí y de los demás que no esté a la altura de la dignidad humana. Un hombre educado es un ser despojado, hecho pobre. La educación para convivir es el gesto amoroso que hace posible que el otro y uno mismo se descubran para los demás y, de ese modo, también para sí mismo.  

La conversión educativa es la transformación intelectual, moral y religiosa de los sujetos involucrados en todo proceso educativo. Como un proceso en el que intervienen alumnos y maestros, para que en verdad ocurra una conversión el proceso tiene que afectar a todos. Cada cual podrá recorrer nuevas etapas a partir del estadio en el que se encuentre en cada uno de esos aspectos. Por eso, la conversión será una búsqueda común por transformarse bajo distintos aspectos. 

En el orden intelectual implica un cambio de actitud frente al conocimiento, un cuestionamiento de su valoración, de los modos de adquirirlo y transmitirlo, de preguntar y de responder, de la disposición personal a lo que ocurre en todo proceso educativo. Un interrogar por qué y para quién se aprende y se conoce. Un desprendimiento frente al propio saber. 

La conversión moral supone una transformación de la afectividad. El mundo afectivo está tejido por la amplia gama de los sentimientos, deseos, disposiciones y predisposiciones personales que nos habitúan  a ver el mundo y a reaccionar ante él de un modo u otro. La afectividad es el resultado de una historia viva de acciones, emociones, hábitos y anhelos. Es un mundo con un dinamismo propio, que en buena medida escapa al análisis consciente y a su apropiación en libertad. De ahí la dificultad de intencionar educativamente un proceso de conversión moral. El otro aparece ante mí como un reclamo de existir que me involucra. El quedar expuesto a él, el disponerme a ver su rostro, eso es lo que dispara el mecanismo de conversión. La capacidad de entregar la vida tiene que ver con la cercanía que experimento por lo que me afecta, y por lo que me dejo afectar.

La conversión religiosa comienza en el encuentro con el otro, con su rostro, su realidad demandante y su condición débil (Lévinas). Frente a los otros, se va dibujando y configurando nuestro verdadero rostro, nuestra identidad y nuestra interioridad. En el rostro del otro brilla la gloria del infinito. La religión tiene su origen histórico y biográfico en el vínculo con los demás. El Dios más íntimo que mi propia intimidad es el fondo que hace posible el amor entre los hombres. La conversión religiosa lleva a descubrir al maestro interior (San Agustín) que nos enseña y nos conduce por la vida de la mano de los otros. La conversión educativa es religiosa cuando es despojo que deja ser y actuar al Dios que conduce la historia, comoquiera que se le nombre.