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Lo común y la sociedad educada 

Luis A. Aguilar 

Los estados nacionales tienen una función extraña. Su existencia oculta su falta de poder democrático en la sociedad global y su debilidad en sus respectivas sociedades locales.  Frente a los Estados pueden darse muy diversas expectativas éticas, muchas de las cuales ya son incapaces de cumplir. Difícilmente está en su poder, por ejemplo, el cumplir con la función de ser rector de la economía nacional. El capitalismo es un sistema en expansión que tiende a restar margen de acción al orden político.

La acción humana tiene un carácter de distensión, personal y social.  Por ser distensos el sistema de la acción humana  está abierto a que los otros se entrometan y modulen –eduquen, adiestren- la acción humana. Su carácter social consiste en la apertura de la acción humana que hace posible el acceso a las cosas. Por eso puede hablarse de una protoeconomía y de una protosociología generada por la interacción social (A. González). Antes de que exista el sistema el mundo de vida está complica a las personas unas con otras en relación con las cosas (los bienes).

Los significados dan orientación a los actos humanos a través de los signos y de los símbolos que se constituyen como parte de los juegos lingüísticos de los grupos humanos y que revelan sus formas de vida (Wittgenstein). La sociedad es un sistema de actuaciones que necesita de símbolos, aunque no necesariamente de los mismos. En la medida en que cada persona actúa de manera distinta, la socialidad de la actuación se basa en la diferencia. Se trata de una diferencia análoga, es decir, que acentúa lo distinto en el campo de lo semejante. Formalmente los actos humanos son los mismos. Lo que varía es la manera en que cada persona los ejecuta y el sello personal que les imprime por ser quien es. 

La existencia del Estado es posible a partir de la pre-existencia de naciones, de grupos que, en afirmación conflictiva de su diversidad, generan un pacto de convivencia. Las naciones, por su historia, sus experiencias, tradiciones y lenguajes comunes, se constituyen en pueblos. El poder puede ser detentado por el pueblo, o depositado en manos de sus dirigentes, que se constituyen en  gobierno. En realidad no existe necesariamente una dicotomía entre ellos, si el poder es confiado por el pueblo a un grupo del pueblo que se constituye legítimamente en autoridad para conducir y detentar el poder en función del servicio, es decir, para gobernar y buscar el beneficio de todos.

Si la densidad del tejido social es débil el gobierno tenderá a cobrar autonomía respecto de él y a ejercer el poder de manera poco controlable y arbitraria. El Estado nacional lo será sólo nominalmente y se pondrá en riesgo su razón de ser, que es velar porque lo común sea un bien para todos.

II