





|
Equidad y perspectiva de género desde la escuela Sandra Aguilera Arriaga sanagui2001@yahoo.com.mx Con profunda admiración a Pablo Latapí Sarre Es indudable que la educación es considerada en todos los países del mundo como un medio a través del cual los individuos pueden desarrollar sus capacidades y talentos para aprender a aprender, convivir con los demás y para mejorar sus condiciones de vida al impulsar, de manera permanente, la transformación de la sociedad en la que viven. La educación se reconoce como un derecho humano fundamental. En el Foro Mundial de Educación celebrado en Dakar, Senegal en abril del 2000, se reafirma la idea de la Declaración Mundial sobre Educación para Todos hecha en Jomtiem en 1990. En ella se establece que "todos los niños, jóvenes y adultos, en su condición de seres humanos, tienen derecho a beneficiarse de una educación que satisfaga sus necesidades básicas de aprendizaje en la acepción más noble y más plena del término, que comprenda asimilar conocimientos, a hacer, a vivir con los demás y a ser". Estos mismos derechos son para las niñas, las jóvenes y las adultas. En el Marco de Acción de Dakar y buscando, de esta manera, cumplir con los compromisos en cada uno de los países signatarios de estos acuerdos internacionales, se consigna que es un objetivo el extender y mejorar la protección y educación integral para los niños y las niñas más vulnerables y desfavorecidos. La meta es que antes del 2015 todos los niños y las niñas que se encuentran en situaciones difíciles y los que pertenecen a las minorías étnicas, tengan acceso a una enseñanza primaria gratuita, obligatoria y de buena calidad. Asimismo, se plantea en la Evaluación de la Educación para Todos que sin duda se han dado avances en todos los países, sin embargo, aún quedan 113 millones de niños y niñas sin acceso a la educación primaria y que la discriminación entre los géneros sigue impregnando los sistemas de la educación en el mundo. Ahora bien, hay que destacar que uno de los propósitos planteados por la escuela en América Latina es el de contribuir en la construcción de sociedades más justas. El logro de esa intención utópica no es nada fácil. Sobre todo si se reconoce que en América Latina las sociedades son injustas. Baste analizar la distribución de ingresos y el número de personas que viven en condiciones de pobreza extrema, la discriminación que padecen, hasta hoy, los grupos más vulnerables: indígenas, personas con capacidades diferenciadas y mujeres, principalmente, para saber que el camino que nos queda por recorrer es arduo. Por lo anterior, no es ocioso plantear que las familias que tienen mayores ingresos tienen mejores condiciones materiales de existencia y, por lo tanto, mayores oportunidades para acceder y permanecer en el sistema educativo. Por el contrario, las que tienen menores ingresos tienen malas condiciones materiales de existencia y, por lo mismo, suelen desertar de la educación escolarizada. De ahí que el interés por la igualdad de oportunidades educativas ha sido considerado, durante mucho tiempo, como la posibilidad de acceder a la educación primaria y secundaria. La cruda realidad de desigualdad social que vivimos, y observamos, ha obligado a los gobiernos del mundo a plantear formas de enfrentar los evidentes contrates. |