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EDUCAR Y ENSEÑAR (1/3)

Luis A. Aguilar S. 

aguilar@iteso.mx 

Matrix educat. Magister Docet. De acuerdo con este adagio clásico de la antigüedad la educación es fundamentalmente una tarea maternal. Las  tareas quedan bien delimitadas frente a todas las demás. Así entendidas las tareas educativas han ido siendo asumidas por la sociedad de distintos modos. La palabra educación ha llegado a abarcarlo todo, al grado de que su uso ha perdido su referente principal, el analogatum princeps como se dice en la terminología escolástica. La falta de claridad a este respecto ha derivado, por una parte, en la enorme proliferación de enfoques y disciplinas que buscan estudiar el fenómeno educativo. Por otra, en la falta de claridad de lo que es educar frente a todo lo que no lo es.

Sería ilusorio, por lo demás, adoptar como analogado principal cierta concepción clásica. Para abarcar el sentido o mejor dicho, los sentidos de la educación, se podría acudir a varias estrategias: el análisis filológico, histórico, sociológico, los enfoques filosóficos, etc. De hecho existe un incontable número de estudios dedicados al tema. Hay otra estrategia, que consiste en aproximarse al fenómeno de la educación por vía de la experiencia común, como puede ser la de numerosos padres de familia y educadores.  

Lo que aquí interesa es plantear en qué medida se establece un deslinde poco adecuado de los ámbitos, al grado de que se con-funden el enseñar y el educar, en el sentido nutricio, protector, abrigador, del término. Con otras palabras, se trata de saber si no hay una atribución de funciones que resulta inadecuada para el cabal cumplimiento de los propósitos de quienes se dedican a la educación y la enseñanza, ya sean personas o instituciones.  

Puede decirse que la figura de la madre educadora es el icono en el que se combina esa doble función. Por extensión, suele  hablarse de sociedad educadora, con el fin de señalar el alcance de las funciones y efectos que puede tener la convivencia una vez que se asumen de manera más o menos consciente intenciones que rebasan el mero estar unos con otros, resolver problemas, etc. Así también podría decirse que la madre naturaleza nos educa, ya sea con referencia al hombre primitivo respecto del hombre civilizado,  a lo primordial que en el hombre se vincula al conjunto del reino animal, o a las crisis ecológicas que agudizan la conciencia de penuria, escasez y desamparo.  Un buen ejemplo de este uso podría ser el cuento de R. Kipling, en el que el niño de la selva es educado por  mamá naturaleza, quien lo abandona una vez que reconoce en él su naturaleza social, es decir, humana.

También se habla de Ecclesia Mater, la Mater et Magistra (Juan XXIII), la madre y maestra que enseña, la comunidad que es protectora de sus miembros en la fe, a quienes enseña a vivir de acuerdo con ella, etc. La madre que educa a sus pequeños, los mantiene en su seno –al que regresan en el momento de la muerte- mientras necesitan de su protección y cuidado. Hay una ruptura con ella, cuando el hombre y la mujer alcanzan su mayoría de edad y la abandonan. Ese es de hecho el caso ocurrido históricamente con la Ilustración. Quienes se atrevieron a pensar por sí mismos y abandonaron las tutelas que impedían su emancipación y desarrollo, abandonaron a la Iglesia para poder pasar a vivir su edad adulta, en el desamparo, en el deseo de vivir la aventura de la vida, perdidos, atenidos a sus solas fuerzas y luces.