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ARMONIA ENTRE INSTITUCIONES PUBLICAS  

E INSTITUCIONES PRIVADAS 

MIGUEL ANGEL LUGO GALICIA 

mlugo@mx.up.mx 

Después de la batahola de diciembre del 2002 y de los regateos por los presupuestos educativos, con el compromiso alcanzado  de aumentar gradualmente el gasto educativo hasta el 8%, 2003 se perfila como un año de mayor exigencia para las instituciones educativas, en la inteligencia de que las autoridades estarán fiscalizando egresos  y  "midiendo productividad" de las acciones escolares.

En este panorama, cada institución en los diferentes niveles educativos, incluyendo a las primarias agrupadas en el programa de escuelas de calidad, tratará de generar los mayores recursos, con publicidad, con la organización de conferencias, con la vinculación de patrocinadores del sector privado, con la difusión de trabajos de investigación en el extranjero, etc. 

Aparte del sueño "dorado" de muchas instituciones universitarias, de aparecer "rankeadas" en las listas del periódico Reforma, buscarán tener aceptación con el FIMPES, ante el CENEVAL y, por qué no, si logra su pleno funcionamiento, ante el Instituto Nacional de Evaluación Educativa, más otros parámetros de evaluación que se acumulen. 

Obviamente, este escenario supone una  fuerte competencia. Algunas instituciones, con trabajo de años y logros justificados, llevan una buena ventaja. También hay que reconocer buenas acciones de consenso, como la que desplegó el rector de la UNAM Juan Ramón De la Fuente, con legisladores que discutían el Presupuesto de Egresos, para una faceta de federalismo hacendario.

En esta competencia deben regir algunos postulados de competencia  institucional, que hagan justo el reparto de recursos para las instituciones involucradas. En estas líneas quiero partir de un parámetro, que es el dejar atrás la dicotomía entre universidades públicas y privadas para que la competencia sea más pareja.

En otras palabras, para la evaluación deberán existir exclusivamente universidades buenas, regulares o malas, dejando a un lado si son privadas o no. Es momento de abandonar esta dicotomía con los prejuicios que le caracterizan. 

Antes de entrar al tema, hay que hacer una aclaración. Algún lector de estas líneas podrá decir que  el dinero sólo se reparte entre instituciones públicas y que las privadas dependen de sus propios recursos. En una visión simple la situación es así, salvo por el hecho de que  profesores de las universidades privadas pueden acceder a sistemas de gasto público, como el sistema de investigadores del CONACYT, y, asimismo, profesores de universidades e instituciones  públicas de educación superior, como el Politécnico, pueden buscar recursos en el sector privado para sus proyectos de investigación. Es decir, la observación del Partido Acción Nacional, para incluir el financiamiento privado en la consideración del gasto educativo, es pertinente.

Realizada la aclaración, recordemos cuáles son los prejuicios que deben eliminarse: 

Que la educación pública es masiva y, por tanto, de mala calidad.- Si bien es cierto que las instituciones públicas  tienen más alumnos que las privadas, la amplificación de matrícula y de instalaciones es un fenómeno que también alcanza a las instituciones privadas. Algunas de ellas, para los profesores y alumnos que las vieron nacer, resultan ya desconocidas con respecto a su dimensión original.

Es obvio que en el proceso de crecimiento también el proceso de admisión  sufre transformaciones y, por ende, el control de calidad  en la nueva matrícula es un fenómeno que también afecta a la institución privada.

La institución privada es sinónimo de educación religiosa retardaria.-  Cuando profesores y alumnos de instituciones públicas se relacionan con instituciones privadas, una referencia obligada es que "su visión no es tan amplia del mundo porque están imbuidos de religión".